¿Reelección presidencial?
Tomemos el tema desde la teoría, para evitar banalizarlo dentro de la polémica sobre lo actual y local. A partir de un cierto republicanismo abstracto, se pretende que es un dogma democrático el que no es bueno que haya reelecciones prolongadas en cargos ejecutivos. En esos casos se confunde república con democracia (aspectos que tienen relación, pero son diferentes), pues desde el punto de vista democrático, lo que importa es que se represente la voluntad social en el Estado, acorde al voto ciudadano, y que luego se gobierne en consonancia. Si quien lo hace fue elegido una vez o veinte, es indiferente a esa lógica. Hay presidentes elegidos una sola vez, que es muy bueno que no sean elegidos ninguna otra, aunque se lo permitieran las reglas; son antidemocráticos no por origen sino por ejercicio, cuando gobiernan para las minorías sociales, el gran empresariado o los designios de las grandes potencias. Son antidemocráticos a pleno, pues no responden al voto sino a poderes fácticos ajenos al sistema político fruto de la elección.
En cuanto a lo republicano, mientras existan el pluralismo ideológico, las libertades públicas y las elecciones periódicas y libres, está garantizado el procedimiento de la elección ciudadana y de los controles opositores. Lo cierto es que si algún político alcanza un liderazgo fuerte y masivo, ello puede ocurrir por diversas razones; una de ellas es oponerse, al menos en parte, al statu quo. Y se advierte que el carisma rara vez puede portarlo una organización: el liderazgo personal carismático es mucho más realizable. Un líder popular (Perón, Fidel, Chávez) no lo es por capricho: lo es porque el pueblo deposita en él la identificación colectiva de procesos sociales de reivindicación de sus derechos. En esos casos, el liderazgo personal está cumpliendo un rol importante (y difícilmente intercambiable) como espacio de condensación de expectativas y demandas.
Es cierto que ello tiene sus problemas: para sus partidarios, los de la sucesión, muy visibles hoy en Venezuela o en la Argentina de Cristina Kirchner. Para sus adversarios, los de advertir que hay liderazgos que se consolidan en el tiempo, y contra los cuales cuesta lidiar.
Porque no es por republicanismo que algunos se oponen a posibilidades reeleccionistas de líderes populares. Es por miedo de perder la elección. Así de simple.
Lo afirmamos, porque se verifica un doble estándar a la hora de considerar los casos. El de Chávez se pretendía cuasipatológico y fruto de la demagogia... ¿Pero qué tal los largos años de Felipe González en España? ¿Qué se dice sobre los cerca de veinte años que Helmut Köhl fue primer ministro de Alemania? ¿Alguien ha impugnado en estos casos pretendida falta de republicanismo o de apego a reglas del equilibrio democrático? No. Nadie lo hizo, ni en Europa ni en Latinoamérica.
Es cierto que no hay que hacer de la necesidad virtud. Es bueno que, a largo plazo, los liderazgos se vayan consolidando hacia una organización institucionalizada y partidaria. Pero convengamos que quienes más consolidan esos liderazgos en el tiempo son ciertos fundamentalismos opositores. Al atacar a gobiernos con apoyo popular de todas las maneras (singularmente, por vía de las mediáticas) los abroquelan, los atrincheran. Y ello hace que conductas defensivas -como la de no renovar periódicamente su dirigencia- se vuelvan necesarias como estrategia de sobrevivencia.
Que no haya miedo a la democracia. Si se garantizan las condiciones de pluralidad e igualdad de facilidades para todos los participantes en los procesos electorales, será el pueblo soberano, siempre, el que tenga la última palabra.
Beodo de poder
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