La universidad en la sociedad del rendimiento
La universidad ya no puede eludir la pregunta que incomoda: ¿está formando profesionales para el mundo real o para una ficción académica que dejó de existir? Mientras el trabajo, la tecnología y la vida social se transforman a una velocidad vertiginosa, muchas instituciones continúan operando como si el siglo XXI fuera apenas una actualización superficial del pasado.
Durante décadas, la especialización fue el dogma incuestionable. Saber cada vez más sobre un campo cada vez más estrecho se convirtió en sinónimo de excelencia. El mercado demandaba expertos y la universidad los producía. Sin embargo, hoy ese modelo revela su fragilidad. La hiperespecialización sin pensamiento crítico ni ética pública genera profesionales técnicamente competentes, pero incapaces de comprender las consecuencias sociales de sus decisiones. No es casual que crisis financieras, colapsos ambientales y fallas tecnológicas hayan sido impulsadas por personas altamente formadas. El problema nunca fue la falta de conocimiento, sino la ausencia de conciencia.
Byung-Chul Han lo anticipó en La sociedad del cansancio: vivimos bajo la lógica del rendimiento permanente. Ya no nos gobierna el “debes”, sino el “puedes”. Podemos producir más, competir más, rendir más. Y todo el sistema, a través de sofisticados dispositivos de motivación, autoexigencia y promesas de éxito, nos empuja constantemente a hacerlo. La presión ya no viene solo desde fuera; se internaliza. Nos convertimos en gestores de nuestro propio desempeño y, al mismo tiempo, en víctimas de nuestro propio agotamiento.
La universidad, lejos de cuestionar esta dinámica, con frecuencia la reproduce. Forma sujetos orientados al logro, la productividad y la competencia constante, pero no necesariamente al sentido, la responsabilidad pública ni la reflexión crítica. En lugar de ofrecer un espacio para pensar el mundo, muchas veces se convierte en un engranaje más de la maquinaria del rendimiento. A esto se suma un déficit estructural con la falta de planificación y políticas públicas. No sabemos con claridad cuántos médicos, ingenieros, agrónomos o docentes necesita el país ni con qué perfil para enfrentar desafíos complejos. Formamos por inercia, no por proyecto colectivo. Mientras tanto, la inteligencia artificial y la automatización redefinen profesiones antes de que los estudiantes se gradúen. La idea de estudiar una vez y trabajar para siempre pertenece a otro tiempo. El aprendizaje permanente dejó de ser un ideal pedagógico para convertirse en una exigencia vital.
Si la universidad no asume este cambio, otros ocuparán su lugar: plataformas privadas, certificaciones fragmentadas y formación acelerada sin horizonte ético ni compromiso social. Formar especialistas ya no alcanza. La universidad, principalmente pública, debe decidir si quiere seguir produciendo títulos o si está dispuesta a formar conciencia. La pregunta no es si debe transformarse, sino si tendrá el coraje de hacerlo antes de volverse irrelevante.
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