Pesada es la corona

- 04 de agosto de 2019 - 00:00
Foto: EL TELÉGRAFO

Concursos como el de “Miss Pancita” amplían la brecha entre la buena madre y la mala madre, aquella que no llora de gozo frente al dolor que implica gestar.

“Porque el ideal de la mujer blanca, madre realizada pero no desbordada por los pañales, buena ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, nunca me la he encontrado en ninguna parte. Es posible incluso que no exista”. Virginie Despentes, Teoría King Kong

Tengo 36 años y desde hace cuatro soy madre. Supe que estaba embarazada porque mucho de lo extraño que le puede suceder al cuerpo gestante a mí me sucedió de golpe: tuve náuseas los siete días de la semana cada una de las cuarenta y un semanas que estuve embarazada.

Tuve también mucho sueño y recuerdo que mi olfato -nunca muy refinado- se activó hasta rozar el lugar común. Una mañana camino a mi antiguo trabajo tuve que bajarme una parada antes de llegar porque al vagón se subió una señora demasiado perfumada. Su olor floral lo invadió todo; me bajé y vomité en el andén.

La misma mañana en que mi hija explotó fuera de mí vomité dos veces, una antes de salir hacia el hospital y otra vez a mitad de la labor de parto.

Durante esos nueve meses estuve agotada. Solo comía piña y tomaba agua mineral porque las burbujas eran el único truco que me daba tregua y me permitía ser persona a ratos. Más de una vez me ganó la desesperación y cuando eso sucedía lloraba abrazada a mi marido, que esperaba en silencio a que todo lo descolocado que había en mí se reacomodase.

Solo a Alejandra, mi ginecóloga de entonces, que supo mirarme con empatía y compasión, le creía que eso pasaría, que no vomitaría para siempre; le creía que pronto volvería a tener el control.

Ella decía con sabiduría que el camino realmente empinado era el que aparecía con la crianza, tan llena de los miedos a las que nos enfrentan nuestras criaturas con sus vidas abriéndose paso en medio de nuestras rutinas de gente sin tiempo.

Todavía recuerdo como durante mi embarazo, que fue deseadísimo y respetuoso, me sentía excesivamente frágil y adolorida: en la espalda, en la pelvis, en los pies .

Pesada es la corona

Y desde ese lugar escribo, porque estoy convencida de que relatar la memoria de los maternajes es importante para acceder a un conocimiento que hable de lo radical que supone gestar. Una memoria que narre los diversos modos de ser gestante y active nuevas preguntas en torno a las maternidades, desde lo subjetivo. Y aquí los medios de comunicación, en tanto espacios que legitiman imaginarios, cumplen un papel fundamental.

Se pregunta Lina Meruane en su diatriba "Contra los hijos" (Randon House Mondadori, 2016) cuánto de deseo radica en nuestras maternidades y cuánto hay de una construcción impulsada por la maquinaria del capital y los estados que lo regulan.

Y esos cuestionamientos son urgentes, sobre todo en medio de un escenario social en donde por un lado se debate -como si de verdad fuese debatible- si una mujer con un aborto en curso debe ser atendida por los profesionales públicos de la salud y por el otro se transmiten en horario familiar (y la franja, se sabe, nunca es casual) concursos como el Miss Pancita, en donde se replican las posibilidades del reinado estético desde lo emotivo.

El discurso sobre el que se sostiene el segmento de En Contacto reproduce una sola vía de entender la maternidad, la del ideal femenino de entrega física y psíquica, dejando para los padres el rol de espectadores inactivos, ajenos al concepto de cuidado. Ampliando la brecha entre la buena madre y la mala madre, aquella que no llora de gozo frente al dolor que implica gestar. (I)

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