Se ha dicho que la democracia constituye un ideal que debemos construir cada día. Sus detractores identifican falencias en su aplicación, como el desinterés de numerosos grupos, la desinformación del marketing político, el surgimiento de caudillismos mesiánicos que arrastran al pueblo hacia la demagogia, el autoritarismo y la corrupción. Pese a ello y a otras objeciones válidas, debemos recordar que se trata del único sistema en el que es posible la libertad y la igualdad política entre ciudadanos. En el primer caso, porque solo en democracia todas las opiniones, inclusive las absurdas, son válidas y merecen ser escuchadas, aunque no necesariamente aceptadas. Las libertades son posibles porque se permite disentir, criticar, proponer y decidir en paz, y sin presiones. La democracia es el único sistema político en el que somos iguales.
En principio, todas nuestras ideas tienen, independientemente del origen socioeconómico, étnico, cultural o de las múltiples condiciones e identidades, el mismo valor que las de los demás. Tendríamos, pues, la posibilidad de ser candidatos y nuestro voto vale lo mismo que el de cualquiera. (I)
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