Fue una mañana cuando Mariana Andrade llegó a mi casa, me habló de su idea y de cómo tenían el espacio y las adecuaciones para alistar las salas.
Me propuso ser parte de eso. Lo pensé. Acepté la propuesta, a pesar de la característica principal: no me podían pagar. Yo venía de un trabajo como programador de una cadena de cines eminentemente comercial. 4 años haciendo lo mismo, y en algún punto la rutina se quedaba corta ante mis expectativas. Llegó un momento en el que me daba igual La Momia, que El príncipe de Egipto y yo no me veía haciendo eso más. Invertí nueve meses de mi vida, sin paga, para ayudar a que el Ochoymedio tuviera la existencia adecuada.
Al principio mucha gente nos daba seis meses de vida, pero ya vamos diez años de forma ininterrumpida.
En esta década hemos sido muy ambiciosos con este proyecto cinematográfico-cultural, en diciembre de 2003 encaramos el desafío de llegar a Guayaquil, una ciudad con un mercado de salas copado y con costumbres de asistencia al cine que nada tenían que ver con el OchoyMedio.
Sentí que eso nos consolidaba, que el OchoyMedio se afianzaba, que teníamos un respaldo. Replicar el modelo de programación y de operación de la sala propia en otros espacios resultó ser una movida ganadora. Un trabajo más, un contrato y no un auspicio.
En el 2007 llegaría la experiencia en Manta con excelentes resultados y en 2010 en Santo Domingo, y así vamos consolidándonos en otras ciudades del país que creen en este proyecto.
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