Bad Bunny y el escenario que habló por millones en el Super Bowl
El show de Bad Bunny en el Super Bowl no solo sorprendió por su despliegue técnico y velocidad de montaje, sino por el poderoso relato que se levantó sobre el escenario en cuestión de segundos. Lo que apareció ante millones de espectadores fue mucho más que una escenografía: fue un retrato íntimo y colectivo de la experiencia latina.
Campos de caña de azúcar, palmeras, un puesto de cocos fríos, mesas de manicuristas, una barbería y la clásica bodega del barrio dieron forma a un espacio reconocible para quienes crecieron dentro o fuera de la diáspora. Elementos cotidianos que suelen pasar desapercibidos, pero que en ese contexto adquirieron una fuerza simbólica contundente.
También hubo espacio para lo incómodo. Bad Bunny trepado a postes de luz centelleantes evocó los apagones y las fallas estructurales en la distribución de servicios básicos, una realidad que golpea a Puerto Rico y a gran parte de América Latina. El mensaje fue claro: la identidad también incluye las heridas.
El escenario mostró puestos de piraguas y raspados para combatir el calor, tacos de esquina, ventas de oro y plata, y el icónico sombrero de pava que ha acompañado al artista como emblema de esta “conquista inversa” a través de la música. Incluso una boda colectiva apareció como guiño a la televisión dominical latinoamericana, reforzando la idea de comunidad.
Un coche antiguo, una pick-up estilo años 50, cerró el círculo simbólico: el esfuerzo de los antepasados, la migración, el trabajo duro y la persistencia de una identidad que no se rinde, sin importar el territorio. Otro de los momentos que marcó en el mediotiempo fue la escena del niño dormido en una silla en plena fiesta, ícono de la infancia de muchos habitantes de los países latinoamericanos.
Con una estructura sencilla y profundamente reconocible, el escenario evitó la postal turística para apostar por la vida real del barrio. No fue un decorado neutro ni ornamental. Fue un gesto político, emocional y cultural que convirtió al espectáculo más visto del año en una declaración de pertenencia.
Bad Bunny no solo montó un show en segundos. Levantó una historia que millones entendieron sin necesidad de traducción.
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