Sobre la reciprocidad

- 08 de septiembre de 2018 - 00:00

Un problema ontológico irresoluble del neoliberalismo es que anula la reciprocidad. El neoliberalismo y su apología de la competencia hace que veamos rivales en prácticamente todos los espacios sociales compartidos, y lejos de que esto se convierta en una motivación para ser cada vez mejores que los demás y en ese supuesto mejoramiento continuo, suba el nivel general de la acción social; la perspectiva de la competencia nos encierra en la peor de las mezquindades y la mayor miopía, pues nos impide ver tres cosas: 1. Que ningún logro es posible en solitario sino que solo tiene sentido en y para el colectivo. 2. Que ni la mayor capacidad individual puede compararse con la capacidad que conjuntamente despliega una sociedad y 3. Que la vida social (y la libertad) es imposible entre opositores.

La relación entre adversarios es una relación de sospecha que anula la espontaneidad y la somete al cálculo (para el beneficio propio, se entiende) eliminando la intención altruista. Por consiguiente, no solo se elimina el deseo de procurar apoyo al otro sino el deseo de que alguien procure nuestro propio bienestar (Traslademos esta situación al ámbito de la administración del Estado y tendremos un panorama tenebroso). Desaparece la reciprocidad porque de un desliz humanista de apoyo desinteresado uno no saca ningún beneficio, al contrario, podría verse perjudicado por otro que seguro sacará provecho.

La lógica neoliberal ha logrado apropiarse tanto de la estructura del deseo, como de los principios axiológicos de la convivencia conformados desde épocas premodernas y precapitalistas, y que no son, por cierto, cosas de un pasado lineal que hay que superar, sino la posibilidad deteriorada del mantenimiento de la vida digna, pues el neoliberalismo no es que sea la panacea de los problemas sociales, sino su muy cercana causa. Y lo dicho no significa que este autor esté preparando el camino para el totalitarismo en nombre de un comunismo que deja las cosas igual.

Compliquemos un poco las cosas: la construcción de nuevos valores éticos, reclamo tan persistente en momentos de decadencia, no puede ser la oportunidad para el aparecimiento de nuevos charlatanes y demagogos que, en la misma lógica, solo quieren el poder. La construcción de una nueva sociedad es necesariamente una “construcción colectiva” y si queremos cambiar requerimos dejar a un lado la lógica de la competencia y recentrarnos en las relaciones de solidaridad, apoyo mutuo y reciprocidad. (O)

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