Ser mejores humanos
Abusando de la apertura de las autoridades del prestigioso medio de comunicación El Telégrafo, me permito enfatizar una idea fundamental en nuestro rol como seres humanos que conformamos la sociedad, pero a partir de una directa, dolorosa, turbulenta y, en general y al final, alentadora experiencia personal.
He estado varios días acompañando a mi señora madre en una Casa de Salud en razón de un quebranto en su estado de salud. No viene al caso ahondar en detalles. En el ejercicio de intentar conseguir algo de relajación (aunque mayormente la esperanza deviene de la mirada propia puesta en el buen Dios), sintonicé un canal de televisión (en señal por cable), y en varias ocasiones se mostró una pieza audiovisual, a modo de propaganda, con la frase ‘Ser mejores humanos’.
Mientras el tiempo transcurría en un vaivén de emociones (naturales en una persona que siente, que ama… que procura no quebrarse por su ser querido directo, único y fundamental); me permití destinar algo de tiempo para reflexionar en la frase ‘Ser mejores humanos’. La causa de aquella acción fue posterior al momento de saborear amargura cuando toqué las puertas de varios familiares con alto poder adquisitivo.
En las calles de la vida circula una expresión bien conocida: “Es en la prueba; en la dificultad; en la enfermedad o en los momentos críticos… es ahí donde se conocen aquellas y aquellos que tildamos como amig@s (que no es cualquier pelo de cochino)”. Decir que me sorprendí cuando recibí excusas o se me ignoró probablemente sea poco honesto. Un sacerdote una vez me dijo: “Sorpréndete cuando la ayuda la recibes de quien menos lo esperas; no te asombre que de tu misma familia te den la espalda”.
Una y otra vez en mi cerebro circulaba y circula la frase “Ser mejores humanos”; seguramente tratando de encontrar una explicación ante la evidencia empírica (propia y ajena). ¿Es posible, hoy en día, encontrar personas que buscan, o al menos intentan, ser mejores seres humanos? Aunque la primera pregunta que deberíamos contestar es: ¿Es posible, hoy en día, esforzarnos para ser mejores seres humanos; mejores personas? Hay una canción del presbítero Moises
Lárraga que dice: “Cámbiame a mí, Señor; cámbiame a mí… no te pido que cambies a otros, Señor; cámbiame a mí. Si Tú cambias mi corazón, otros también cambiarán”. En mi caso, afirmar que se ha avanzado significativamente en esta materia constituye autoengaño e incongruencia. ¡Me falta mucho, aún! No obstante, y a modo de atenuante, cada día que el buen Dios me regala, a más de agradecerle y de dialogar con él, persigo como propósito el conseguir que cada persona que sale a mi encuentro se vaya en mejor posición de la que tenía antes de tener contacto conmigo.
Ser mejores personas. Ser mejores seres humanos. Ser mejor como hermano(a), como pareja en el ámbito sexo-afectivo, como trabajador(a), como vecino(a), como miembro de una comunidad relativa al voluntariado o a la vida religiosa. No anhelar que primero lo sean con nosotros(as) para entonces serlo. El ser mejores personas nos coadyuva en el crecimiento personal, en el aporte para con la sociedad, en el aumento de la dignidad, tanto individual como colectiva, y en impactar positivamente en la vida de quienes aún se muestran indecisos(as) o están decepcionados(as) frente a tanta indolencia en el mundo. Ser mejores personas equivale a cambiar -positivamente- para que otros también -por efecto dominó- cambien para mejor.
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