Ecuador / Lunes, 09 Febrero 2026

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Un ejercicio de madurez institucional

En una era de polarización y desinformación, la comunicación positiva no es un gesto de ingenuidad ni un ejercicio de evasión, sino una decisión estratégica. Lejos de maquillar la realidad o negar las crisis, su propósito es habitar la complejidad del contexto para transformar el conflicto en una construcción de sentido, confianza y horizonte común.

Bajo la óptica de la comunicación institucional, comunicar trasciende el acto de informar para convertirse en el ejercicio de ordenar la conversación social. Las universidades públicas, por su esencia plural, son epicentros de tensión donde convergen demandas sociales, debates políticos y una rigurosa exigencia de transparencia. En este escenario, ocultar los conflictos es un error de gestión; pero amplificarlos sin el rigor del contexto es una irresponsabilidad estratégica.

Es en este punto donde la comunicación positiva revela su dimensión estratégica. Su objetivo no es erradicar el conflicto, sino impedir que este se convierta en el único marco interpretativo de la vida institucional. Comunicar bajo esta premisa exige la honestidad de reconocer las crisis y la claridad para explicar los procesos, blindando a la organización contra la narrativa del desgaste permanente.

Este enfoque encuentra su eje en la comunicación asertiva, entendida no como neutralidad o complacencia, sino como el ejercicio técnico de la oportunidad y la forma. En escenarios de alta sensibilidad institucional, la asertividad es la habilidad que permite salvaguardar el posicionamiento estratégico sin fracturar los puentes de diálogo.

En un ecosistema digital marcado por la polarización y la inmediatez, la tentación de ceder al ruido es constante. No obstante, la reputación institucional no se forja en la volatilidad de los picos virales, sino en la solidez de una narrativa sostenida. Para una organización, la comunicación positiva es un imperativo ético: supone blindar el valor del conocimiento y el rigor del debate informado frente a la simplificación que impone la lógica del escándalo.

La comunicación positiva, lejos de acelerar el discurso, le otorga profundidad; no simplifica la complejidad, sino que tiene la maestría de traducirla. No es una vía para evadir las crisis, sino el marco estratégico para encuadrarlas. En contextos dominados por el escepticismo y la fatiga informativa, este enfoque se consolida como una herramienta determinante para la gestión del sentido institucional, devolviendo la certidumbre allí donde impera el ruido.

En última instancia, la fortaleza de este tipo de comunicación radica en su capacidad para construir futuro sin desestimar el presente. Implica ejercer un liderazgo maduro, cimentado en la claridad, la coherencia y el sentido de humanidad. En tiempos de incertidumbre, comunicar positivamente no es eludir la mirada ante la crisis; es un ejercicio de madurez institucional y reafirmar, a través de la palabra, la vocación de servicio público.

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