Petro y su resaca, Colombia no lo merece
Pocas veces en la historia de Hispanoamérica, un país tan digno y bello como Colombia, ha tenido que soportar la tragicómica presencia, en la Casa de Nariño, de un personaje que parece sacado de un panfleto revolucionario de los años 70.
Gustavo Petro, presidente por accidente, gracias al desgaste acumulado de una clase política también decadente, no es más que el remate oxidado de una izquierda que ni siquiera logró actualizar sus clichés.
Petro no gobierna, pontifica. Se comporta como si cada micrófono fuese una trinchera, cada evento internacional una oportunidad para desentonar con arrogancia. Su incapacidad para entender los códigos elementales de la diplomacia, se ha vuelto proverbial, Petro divaga sobre imperialismos gaseosos y fantasmas del pasado, insulta, blasfema y luego, sin ningún rubor pide dialogo, entra por la puerta de atrás a la Casa Blanca y exhibe orgulloso el autógrafo de Trump.
Su estilo errático, casi siempre etílico y altanero, no solo es un problema de forma, es un síntoma profundo de su deformación política. A Petro le pesa el fusil y la mochila guerrillera que nunca supo honrar, pero que usa como bastón moral para engañar ilusos y presentarse como redentor de los pobres, mientras sus escándalos salpican las paredes de su palacio.
Colombia se pregunta por qué
Un pueblo que ha dado luz a la humanidad con nombres como García Márquez, Botero, César Rincón, Álvaro Mutis, William Ospina, Ma. Claudia Lacouture, Germán Arciniegas, Beatriz Fernández, entre tantos otros, hoy tiene que explicar por qué eligió a un hombre cuya biografía parece el cuento de un resentido social, editado con los prejuicios y taras de un improvisado. Mientras tanto, los colombianos miran al mundo con la vergüenza de quien sabe que no merece este espectáculo burdo y grotesco, como si el Estado fuera una célula más del M-19.
Hay tendencias políticas que odian y no creen en la democracia y están en todo su derecho, lo criticable e incoherente es que se sirven de ella para hacerse del poder, enriquecerse y huir, luego de dejar en soletas a sus países. En Petro, ese diagnóstico se vuelve carne, su desdén por las formas republicanas, su arrogancia frente a la prensa crítica, su desprecio por los contrapesos, hacen de él, un seudo líder más cercano al caudillo tropical de retórica melosa que al estadista moderno y sensato.
La progresía, tan propensa a inventarse profetas de papel, encuentra en Petro una caricatura de sí misma, no hay renovación, no hay proyecto, no hay ética, solo existe soberbia, improvisación y muchos tuits en X.
Gustavo Petro no es presidente de Colombia, es su anomalía histórica, un anacronismo ambulante que deambula entre el mesianismo patético y el populismo sin ingenio.
Ojalá que el pueblo colombiano, que ha resistido guerras, desastres, crisis y violencia, también pueda superar esta etapa de surrealismo político y vuelva a creer en un liderazgo serio y verdaderamente democrático.
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