El hogar y la escuela
Recuerdo mi primera experiencia escolar. En una escuela pública de Estados Unidos aprendí a leer y escribir en un idioma que no era mi lengua materna. Lo bueno fue que en ese tiempo la palabra trauma se refería más a fracturas de huesos y nadie advirtió a mi familia que sufriría un trauma psicológico. A los seis años me convertí en hablante bilingüe. Años más tarde, en Quito tampoco me traumé al tener que leer y escribir en mi lengua materna. Pero ahora me doy cuenta que yo fui afortunado, y que muchas niñas y niños enfrentan problemas serios en su aprendizaje. En un seminario de la Universidad de Harvard aprendí que la mejor forma de educar se logra con la participación de la familia.
¿Quién decide qué es lo mejor para el estudiante? El Ministerio de Educación dicta los contenidos educativos con poca flexibilidad. Y la forma pedagógica dicen que viene con la experiencia. La directora de la escuela y los educadores más experimentados suelen decir a los nuevos maestros cómo educar. Pero si queremos que niñas y niños se eduquen bien, hace falta conocer qué piensan sus familias. Y digo familias en vez de padres de familia, porque hay muchos hogares atípicos en el mundo, más en Latinoamérica. Hogares sin padre o sin madre u hogares en los cuales hay solo abuelos (como en el Ecuador de hace 20 años, después del feriado bancario). También hay niños recogidos, más entre las familias pobres, que son las más generosas.
Las familias tienen mucho que decir sobre la educación de sus hijos, aunque muchas escuelas de la vieja escuela (una redundancia inevitable) consideran que las familias que se meten en esta discusión son conflictivas. Esto se da más en las escuelas públicas (en las particulares, los padres de familia se sienten con más derecho a opinar). Pero nada mejor que involucrar a las familias en la educación de la niñez. Por bueno que sea un educador, nadie conoce mejor al estudiante que su familia. Si alguna familia no conocía a su “guagua”, esta pandemia cambió la situación.
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