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El destino las obligó a cumplir un doble rol

- 13 de mayo de 2018 - 00:00
Ilustraciones: Carlos Benavides

Cuando la familia se parte por el deceso inesperado del padre, es la madre quien asume toda la responsabilidad económica y afectiva. la batalla es dura, pero ellas siempre salen adelante por sus hijos.

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Grace, María, Verónica y Paola no se conocen. La primera vive en Estados Unidos, las dos siguientes en Guayaquil y la cuarta en la capital cotopaxense.

Es decir están a muchos de kilómetros de distancia entre sí, sin embargo tienen una historia en común. Es una historia triste que ninguna hubiera imaginado que le suceda de manera prematura. Las cuatro perdieron a sus esposos y les correspondió armarse de valor y fortaleza para asumir el rol de padre y madre.

Lucharon, cada una, contra todo tipo de adversidades incluso tuvieron que enfrentar los cambios de conducta de sus hijos y hasta acoso. Lloraron una y mil veces por lo sucedido. Incluso cuando contaron sus historias a los periodistas de esta revista. Empero detrás de ese dolor existe también un espíritu invencible que a veces sucumbe, pero que se levanta cada vez con más fuerzas.

De un cómodo departamento al ático
Grace Sánchez Tagle, vive en Nueva York desde 2004. Tiene 48 años y se casó con Terry McLoughlin, un exempleado de la empresa de servicios postales UPS. Allá procreó a un hijo que hoy tiene 11 años.

Los tres tenían una vida bastante holgada por cuanto el norteamericano contaba con un buen empleo.

Todo cambió una mañana en la que ella despertó y encontró el cuerpo sin vida de su esposo en el baño. Eso sucedió solo a pocos meses de cumplir 12 años de casados.

“Yo no laboraba acá. Era dependiente de él porque así lo decidimos. Además tenía problemas con el idioma. Es muy duro salir adelante en esta nación. El Gobierno sí ayuda, pero yo no calificaba”, recordó.  A Grace le cayeron un sinnúmero de problemas por las obligaciones conjuntas que le tocó heredar.  El cambio en su vida y la de su hijo, como dice esta guayaquileña, fue de “180 grados”.

Uno de los más duros fue el tener que dejar un cómodo departamento en una zona residencial para trasladarse a vivir a un ático. Del mismo modo tuvo que devolver el carro que habían comprado conjuntamente.

Ella toleró todos esos golpes y otra vez se levantó. Sin embargo, el deceso de McLoughlin no era superado por el vástago de ambos, Emanuel, de 11 años.

“Es duro ser mamá y papá. Es duro explicar que partió y que no va a regresar. Bajó en sus notas y su comportamiento cambió. A pesar de eso debemos seguir adelante”.

El pequeño, de acuerdo con Grace, tenía como cómplice a su papá para todo. Ella era la figura seria y ordenada del hogar, pero entre los varones todo era juego y distracción.

Advirtió que se le vienen cosas complejas con Emanuel como el hablar de sexo o aconsejarlo cuando tenga novia.

El principal soporte que encontró esta ecuatoriana que se desempeña como niñera fue el de sus amigas Iliana y Ximena. Es a ambas a quienes les pide consejos en los momentos críticos. “Me equivoco mucho. No es fácil todo esto. Le pido a Dios y a ellas que me ayuden. Trato de salir adelante cada día. Hay momentos buenos y malos”, acotó.

Un hermano y su abuelo fueron los pilares
María Burbano (49) quedó viuda con dos hijos: uno de tres y otro de 10 años. Su marido murió de un infarto. Las cosas se le complicaron porque en paralelo perdió el empleo, sus padres se divorciaron y su progenitora tomó la decisión de emigrar a España. “Me quedé totalmente sola”, en esa frase resume lo sucedido hace más de una década.

No obstante, el destino le puso a dos pilares para que se aferre: su abuelo y su hermano quienes le dieron el soporte necesario para que continúe luchando por Carlos y Moisés, hoy de 17 y 24 años, respectivamente.

“Mis hijos no se doblaron por la ausencia del papá. Hoy el mayor está a punto de culminar su carrera de ingeniero en la Espol y el otro muy próximo a iniciar sus estudios universitarios”, destacó. María admite que es una persona abierta con ambos y por ello les habla de todos los temas con frontalidad y transparencia. Eso sí, les pidió que vean a su hermano Cristian y a su abuelo José, como a sus padres. “Ellos asumieron ese rol”.

Esta familia de a tres vive hoy en Durán. Ella es comerciante de un sinnúmero de artículos. No tiene un local fijo, pero se mueve entre ese cantón y Guayaquil entregando los productos que le piden sus clientes.

El sueño de mejores días quedó frustrado
Paola Heredia  y Juan Carlos Herrera se casaron al concluir sus carreras en Ciencias de la Educación. Durante el primer año nació Valentina.  

Los jóvenes esposos de 23 y 27 años, respectivamente, irradiaban prosperidad admirando al fruto de su amor en Latacunga. Sus primeras palabras, sus primeros pasos eran para los orgullosos padres una de las mejores experiencias.  

Juan Carlos decidió aceptar una propuesta para trabajar en el Oriente. La idea era quedarse unos meses, para después llevarse a su esposa y a su hija. Las cosas no resultaron como las planearon. En el tercer viaje de regreso a casa, él padeció un ataque cardiaco.

Cuando a ella le informaron del infortunio pensó que era una pesadilla. “La última vez que lo vi estaba tan saludable, tan lleno de vida”, manifestó.

Él fue despedido en medio de la angustia de sus familiares y el desconcierto sobre el futuro de la pequeña Valentina que en aquel entonces ya tenía tres años.

Paola decidió que lo mejor era volver a casa con sus padres. Allí su pequeña estaría más segura, pues por el trabajo no podía dedicarle el tiempo completo.

A más del sufrimiento por perder a su esposo, le tocó enfrentar a varones de su entorno que empezaron a cortejarla. “Algunas personas, en vez de apoyarme, lo que hicieron es creer que porque estaba sola, me encontraba necesitada”.

Guardiana y luchadora
Para doña Verónica, el Día de la Madre no es precisamente el más feliz del año. Ella cuenta que esto se debe a que perdió a su esposo en la víspera de la celebración.

“Él falleció en un accidente de tránsito. Nosotros éramos comerciantes y estábamos viajando de regreso desde Esmeraldas. El bus se volcó y él murió en el acto. Yo quedé con una pierna lesionada y por eso uso un bastón. Tengo cuatro hijos por criar y mantener”. La quincuagenaria recuerda que una vez recuperada, sintió el verdadero peso de lo sucedido, sin ingresos económicos fijos y con James -el menor de sus vástagos, ahora de 17 años- sufriendo de leucemia.

“Un día mi hijo estaba mal, necesitaba comprarle medicinas, pero no tenía dinero. Estaba desesperada, llorando en la vereda al pie de una clínica de la ciudad, cuando un médico se me acercó y me preguntó qué me pasaba. Le conté mi situación y entonces él me dio un papel para que vaya a retirar la medicina, cuando le pregunté quién era, me comentó que era el dueño de aquella casa de salud”.

Le agradecí, fui y efectivamente me dieron los remedios. Verónica cree fervientemente en Dios y sostiene con fe que lo que le ocurrió en aquella ocasión fue una respuesta a sus plegarias. Afirma que pese a la adversidad nunca se dio por vencida y trabaja cuidando carros desde hace 10 años. Además solventa su economía y diario vivir brindando servicio de limpieza de casas. (I)

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