Perdí la capacidad para ver a los 12 años. Fue la peor crisis de mi vida y la peor experiencia para mi familia porque somos pobres y vivimos en el campo, y este tipo de cosas nos alborotaron la existencia sencilla que teníamos en el barrio Quindibana en la parroquia Pasa.
Mis padres no sabían cómo ayudarme, pero lo peor estaba por venir, pues cuando me hicieron chequear en el Hospital Baca Ortiz en Quito, nos dijeron que tenía un tumor en el cerebro y que eso me privó del sentido de la vista. No entendía nada. En medio de mi oscuridad trataba de hallar respuesta invocando a Dios.
Sin embargo, eso no fue todo. Después tuve complicaciones para respirar y ahora debo someterme a chequeos médicos continuos y a la compra de medicamentos para seguir vivo. Yo siento a mi madre conmigo y quisiera no darle tantos dolores y sacrificios que hace por mí.
Un día quisiera despertar y sentirme bien totalmente. Ya no importa si no recobro la luz en mis ojos, pero deseo estar sano para continuar con mis estudios y convertirme en un ingeniero electrónico. En esta escuela me entienden y me apoyan. No me siento una carga, me hacen sentir útil, que puedo aprender y que puedo progresar y avanzar hacia mi sueño.
Escucho el llanto de mis padres, especialmente de mi madre. Ella para mí es como su nombre (Alegría). Es como la luz de mis ojos.
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