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El príncipe Vlad

30 de agosto de 2015 00:00

Stoker nunca estuvo en Transilvania, la región rumana en donde habitaba el Drácula de su libro, pero investigó las costumbres y la cultura del lugar.  Estaba fascinado con las historias de príncipes medievales con prácticas oscuras y se inspiró en uno de ellos: Vlad Draculea, que fue regente en el siglo XV de Valaquia, en el sur de la actual Rumania. El nombre ‘Draculea’ proviene de la orden del Dragón, a la que pertenecía su padre y constituía un título hereditario.

Vlad era un acérrimo luchador contra el expansionismo otomano que venía desde Turquía y amenazaba con conquistar su país y el resto de Europa. Las crónicas lo describen como un hombre impredecible, cruel, sanguinario y explosivo. También se lo conoce como Vlad Tepes, que significa ‘empalador’. Y es que el príncipe castigaba a sus enemigos y a quienes él consideraba deshonestos de una manera particular: empalándolos.

Una estaca de más de 3 metros era introducida por el ano de la víctima hasta salir por el cuello.  Con el tiempo y la crueldad, fue depurando la técnica para que no perfore ningún órgano que produzca una muerte rápida, sino que la herida era hecha con tal prolijidad que la agonía era lenta y dolorosa.  En épocas más convulsionadas se dice que el príncipe Vlad formaba verdaderos ‘bosques’ con sus víctimas, que permanecían exhibidas para dar una lección ejemplar al pueblo. La magnética historia de Vlad también estuvo salpicada de anécdotas como la de que bebía la sangre que chorreaba de los empalados. No hay una cifra exacta de a cuántos asesinó, pero se cree que -entre hombres, mujeres y niños- fueron de 40 a 100 mil personas. Quizás el 20% de la población de entonces. Hoy es considerado héroe nacional en Rumania por haber defendido el territorio. Lo de seductor y perdidamente trastornado por un amor imposible, seguramente es fantasía; herramientas literarias salidas de la imaginación del autor y que fueron ‘condimentando’ el mito del vampiro. (I)

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