Las industrias culturales

Uno de los temas más apasionantes de los últimos tiempos se refiere a las industrias culturales, es decir, a aquellos bienes y servicios nacidos de la lógica del mercado o de la racionalidad instrumental en el ámbito de la cultura. Algunos puntos de vista sobre este complejo asunto.
11 de noviembre de 2020 08:00

Cuando sobrevino la industrialización de la cultura, en esencia estamos hablando de la estandarización y homogenización de la cultura. Este proceso equivalió, en otros términos, al triunfo del estereotipo, de la producción en serie, en aras de un consumo de dudosa factura y de un reduccionismo, en función del entretenimiento y en ocasiones la manipulación de subjetividades.

Modos de pensar y sentir

Creadas por T.W. Adorno y M. Horkheimer (1947) las industrias de la cultura, en rigor, no solo llegaron a concebir la producción de bienes culturales, sino a algo más sensitivo: a la formación de un modo de pensar y sentir de personas e instituciones, en relación de un modelo económico que, en esencia, implicaba la transferencia del arte a la esfera del consumo. Pero con el paso del tiempo, el tema se ha ido configurando desde las concepciones iniciales de las industrias culturales mencionadas, hasta el vínculo tecnológico mediado, que es precisamente el tiempo en que nos encontramos.

Cultura sin fronteras

Si bien el vínculo comunicativo siempre ha requerido mediación –no hay comunicación sin mediadores-, el vertiginoso auge tecnológico ha ampliado de manera extraordinaria los escenarios de la comunicación (por lo tanto, de la cultura), a través de teléfonos, radios, cine, prensa, televisión e Internet, y dentro de este contexto la cultura ha dejado de ser una manifestación de las elites, enclaustrada y reducida a espacios privilegiados. La cultura ha superado entonces las fronteras y se halla marcada por la diversidad, donde los medios electrónicos, particularmente, la televisión, han generado y generan nuevos imaginarios colectivos.

La irrupción de los medios –en esta novedosa cultura electrónica- superó las concepciones de la escuela de Fráncfort, que centró su interés en la concepción de los medios como instrumentos de dominación y manipulación social, y también la perspectiva funcionalista, que se preocupaba de medir los efectos de los medios en el comportamiento de los receptores. Ahora interesa descifrar, las mediaciones comunicativas, según J. Martín Barbero, dentro de la esfera de la ciudadanía y la dimensión política de los mensajes en torno a los medios.

El Estado, el mercado y la cultura

Hoy en día, el Estado, el mercado y la cultura constituyen tres ejes fundamentales, a través de los cuales se pueden formular preguntas y encontrar respuestas, generalmente no fáciles de discernir: ¿cuál es el papel del Estado en relación con el patrimonio cultural? ¿La cultura es un bien que se puede mercadear, dentro de las leyes de la oferta y la demanda? ¿La cultura depende de las redes o sistemas de comercialización privados? ¿Hasta qué punto puede sobrevivir la cultura no comercial, ante el dominio de la producción de bienes culturales patrocinados y financiados por campañas publicitarias? ¿El mercado cultural debe regularse? ¿Cómo?

Las respuestas más comunes dependen de la ubicación de los agentes culturales. Así, unos consideran que el Estado es el único “dueño” de los bienes culturales; por lo tanto, el Estado debe promover políticas culturales, proteger la producción cultural y crear incentivos para que la cultura nacional no pierda sus raíces. En la otra orilla se halla la posición opuesta: que la empresa cultural tiene su papel en la economía de mercado, y que a través de los códigos de ética autorregulados, se expandan los bienes y servicios culturales.

No pidamos al Estado lo que podemos hacer con nuestro propio esfuerzo. Es hora de integrar a esta trilogía que mencionamos arriba –Estado, mercado y cultura- la sociedad civil.

Una posición intervencionista del Estado, cualquiera que sea el colorido político –de patente totalitaria- no es conveniente, desde todo punto de vista; tampoco un reduccionismo de mercado, de corte individualista, que excluye y concentra. La propuesta sería lograr una articulación coherente y convergente entre un Estado regulador, a través de los gobiernos locales, que garantice los derechos culturales de todos, en términos de equidad, y un sector afiliado a los intereses del mercado que genere procesos de desarrollo cultural, que crea oportunidades e invierta en cultura.

La cultura como “industria”

Recordemos que la cultura es una “industria” diferente a las ubicadas en la esfera económica. La cultura es el ser y el modo de ser de los pueblos, que se expresa de muy diversas formas, porque crea sentidos, significaciones y percepciones. Cultura es lo que pensamos, sentimos y actuamos, en un contexto dado. Tiene valor porque internaliza lo intangible de una nación –sus historias, sus imaginarios, sus fortalezas y debilidades-. La cultura, por eso, da sentido a la vida, es una matriz de saberes y símbolos; es una manifestación de creación y recreación de capacidades propias, de visiones y cosmovisiones únicas y diferentes a la vez.

La cultura es una industria, según García Canclini, porque facilita la “hibridación”, es decir, la coexistencia de dos facetas opuestas: la instrumentalización de la cultura, regida por cánones de rentabilidad y “rating”; y el espacio generador de símbolos que construye sentidos o sentimientos de identidad colectiva.

La cara positiva de las industrias culturales, de acuerdo al mismo autor, estaría en que estos bienes culturales –producidos en serie y ahora bajo un signo claro de la globalización- fomentarían un conocimiento recíproco de la humanidad, el intercambio de relaciones; en suma, lograría a pasos ligeros una “ciudadanía mundial”.

Democratización de los saberes

Más el tema de fondo subsiste: ahora que el mundo vive la sociedad de la información, y donde la brecha está entre los países que tienen el conocimiento y los que no lo tienen, el desafío es cómo democratizar el conocimiento y el acceso equitativo a una educación de calidad, que respete la identidad y la diversidad, pero que la vez promuevan el desarrollo humano, sostenible y sustentable, con medios que permitan la producción y circulación de los bienes culturales nacionales en los circuitos internacionales.

La sociedad civil

El área cultural es clave en el campo educativo, porque, en realidad, todos los procesos pedagógicos ligados al aprendizaje pasan por la cultura.

Por eso, no pidamos al Estado lo que podemos hacer con nuestro propio esfuerzo. Es hora de integrar a esta trilogía que mencionamos arriba –Estado, mercado y cultura- la sociedad civil, como instancia generadora de participación social de creadores y creadoras, interesados en la producción y difusión de los bienes culturales.

El área cultural es clave en el campo educativo, porque, en realidad, todos los procesos pedagógicos ligados al aprendizaje pasan por la cultura.

Sabemos que el abandono por parte del Estado de la actividad cultural es peligroso; de la misma manera, dejar a las leyes del mercado, el desarrollo de las industrias culturales. La “abstinencia” del Estado sería irresponsabilidad;  las leyes del mercado, un procedimiento inequitativo.

En la agenda pública deben estar la cultura y las industrias culturales, como prioridades para construir una democracia viable. (O)





El Telégrafo
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