#CuentosdeCartón: Los días felices

- 20 de marzo de 2020 - 18:48

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Lo han anunciado en las noticias: llegará en cualquier momento dentro de las próximas cinco horas. Hay desconcierto en todas partes; centenares de personas abandonando ciudades y abarrotando carreteras. Lo cierto es que, aunque no lo digan en las noticias, lo sabemos todos: no hay destino seguro; la colisión es un hecho.


Ariadna y yo hemos decidido quedarnos en el sofá mirando una película, compartiendo la última botella de cava que quedaba en la nevera. “¿Por qué cava, Sergi? Yo podía haber traído vino tinto de casa, que hubiese quedado mejor con la pizza”. Le respondo que lo siento y que a mí el cava no me sabe tan mal.


Ariadna pudo haber dejado la ciudad, haber seguido a sus padres; haber, no sé, huido hacia las zonas más bajas, como recomendaron los expertos tras la noticia, pero ella y yo no creemos en la falsa seguridad de las profundidades. No les creemos ni a los expertos ni a los políticos que llaman a la calma.


En medio de un mundo poseído por el pánico, echarse en el sofá a comer pizza barata con buena compañía no parece un mal desenlace. Ariadna está conmigo, y el cava, después de todo, no le resulta tan malo.


Cada cierto tiempo nos distraemos con el celular para seguir el curso de los hechos. Ariadna responde a los mensajes de sus amigas de la “uni” en el chat grupal.

Allí comparten ubicaciones “seguras” y fotos de sus refugios; plegarias de más de veinte líneas, que, por supuesto, ella no lee.

Yo le dejo saber a mi madre que sigo en casa y que Ariadna está conmigo. Me responde con el emoji de un beso y un “te amo, hijo”, que me devuelve a la infancia por un momento.

Qué poco costaba entonces mirar a los padres a la cara y decirles “te amo”. Sé que se queda tranquila al saber que Ariadna está en casa porque intuye que estaré sobrio y libre de humo en el último de mis días.


Me gustaría que la imagen que mi madre recordase de mí para siempre fuese la de Sergio niño, celebrando la victoria de un partido de tenis y no la de un hombre borracho, drogado e inconsciente sobre su propia orina en el piso de la sala.


Ariadna suele decirme: “Ya está, Sergi, se te fue la mano un poco esa vez. Hay que seguir”. Lo cierto es que la tristeza vuelve y ella no puede estar en casa siempre para cuidarme. Vuelvo a ser ese hombre tumbado en su orina cada vez que Ariadna se marcha a tener una vida.


Le doy play a un video en Twitter. El presidente habla a una nación ausente. El discurso de calma es el mismo en el resto del mundo. El cielo se ha teñido de púrpura y no hay rastro alguno de las aves; hay caos, suicidios masivos, miedo. Es claro que los líderes, que se dirigen al pueblo para sembrar paz, no conocen lo nociva que puede ser la incertidumbre. ¿Cómo le piden a la gente que se calme cuando se nos acaba el tiempo?


Ariadna dice que las aves sabrán hallar refugio. Respondo con un beso, que es lo que hago cada vez que intenta enseñarme algo nuevo. Luego miramos el romper de las olas de la escena en que Cleo se adentra en el mar en Roma.


Cuando la familia abraza a Cleo, de vuelta a la orilla, lo hago yo también con Ariadna, aún sobre el sofá, y le pregunto por qué nunca hemos ido al mar. Me acaricia el pelo y me besa en la mejilla. Nos quedamos un tiempo así, sin decirnos nada, mirándonos a los ojos. No, no es cierto. Mirándola a los ojos yo. Susana mira mis labios o mi barba, pero no me mira a los ojos. No estando así de cerca. No a mí.


Aprendí bien pocas cosas de papá. Que hay preguntas que es mejor no hacerse, eso lo tengo claro. Y a pesar de ello, mis dudas flotan sobre nosotros. ¿Qué es la vida en pareja sino el navegar un mar de ansiedades?


El temporizador nos avisa que la pizza está lista. Empezamos a comer mientras se oyen sirenas a lo lejos y destellos se cuelan por las ventanas de la casa. Recibir el final me produce sensaciones extrañas, como la de advertir unas vacaciones permanentes porque -es evidente- no hay angustia que valga ya la pena.


Ariadna bromea sobre el sabor de la pizza barata. Sonríe, murmura con la boca llena que no puede haberme costado más de tres dólares, y me hace pensar que lo dicho en las noticias es un chiste largo y de mal gusto; que algún científico asiático debe estar transmitiendo en vivo, en algún portal de internet, la solución para salvarnos. Que los líderes se han precipitado en hablarle al mundo sobre el fin.


No puedo evitar pensar en mi infancia de nuevo durante la escena en que Cleo viaja en el asiento trasero del auto con los niños. Me habría gustado tener hermanos y haber jugado en la playa con ellos. Una familia numerosa habría sido favorable para todos. Mamá, por ejemplo, habría rehuido del hábito de venir a casa a cocinarme, que sostuvo durante meses. A los padres debe costarles menos las partidas cuando hay más de un cachorro en la manada.


De verdad quisiera que la imagen que mi madre recordase de mí para siempre fuese la de Sergio niño en una obra de teatro de la escuela. Los aplausos, las sonrisas, las fotografías. Debe ser normal desear volver a los días felices cuando se tiene la certeza de que todo está por concluir.


Ariadna toma el último pedazo de pizza y da un sorbo al cava que el calor ha estropeado. Con lo mucho que lo detesta, me pregunto, ¿es este uno de los sacrificios que está dispuesta a hacer por mí?


Empiezo a convencerme de que Ariadna me mira más allá de mis fisuras; de lo que soy para el barrio entero: el hombre dormido en una banca del parque con la camiseta empapada de vómito. Soy lo que señalan mis vecinas para advertir a sus hijos durante algún sermón sobre malas decisiones.


Por instantes, pareciera que Ariadna no se aflige. Que para ella, que pone en duda cualquier cosa, que no acepta las respuestas usualmente dadas por la sociedad, todo esto es cuestionable: el calor que nos abraza, las luces en el cielo, el silencio desbordante que se avecina. Me gustaría compartir su tranquilidad y poder ignorar el rugido que ya casi nos sopla al oído.


Terminada la película regresamos a la televisión nacional. A los presentadores de noticias titubeando comunicados oficiales que siguen intentando calmar a la gente. Es gracioso escucharlos decir “no difundamos el pánico” en tanto que se transmiten imágenes de gente saltando de sus balcones y de iglesias en las que no cabe un creyente más.

Y sin importar cuán espantosas son, la colisión ocupa un segundo plano en mi cabeza. El eco de mis dudas se superpone al rugir del cielo.


- Ariadna, ¿por qué no hemos ido nunca juntos al mar?-insisto.
- ¿Qué?
- ¿Por qué sigues sin responderme si quieres ser mi novia?
- No preguntes tonterías ahora, cariño.
- No son tonterías para mí, ¿sabes? Me gustaría saber por qué.

Damos por concluida esta transmisión, amables televidentes. Ha sido un verdadero honor informar para ustedes por más de cincuenta años. Abracemos fuertemente a nuestras familias, y que no se pierda la esperanza. CP

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