Un baño de realidad
El presidente supera el 80 % de popularidad y algo menos en credibilidad. La luna de miel entre la sociedad y el joven gobierno se sostiene, en parte, por la declaratoria de estado de excepción, para enfrentar a la delincuencia organizada en el país y extendido hasta el 8 de abril. Para todas las funciones del ejecutivo y ciudadanos, los primeros 100 días son un baño de realidad.
Desde el inicio, se abrió un delicado juego de equilibrio entre las fuerzas del cielo y las más terrenales de la política, porque en el campo de la deliberación, es donde surgen los acuerdos parciales o duraderos, conviven prácticas y protagonistas que definen el modo de “hacer política”, que equivale a la forma de llegar a determinados consensos. En el camino, junto a mezquindades individuales y estrategias colectivas, existen hechos que no siempre toman estado público, líderes que marcan la tonalidad del debate, armadores que propician el diálogo y operadores capaces de moderar expectativas. También hay gestos que contribuyen a la convivencia entre las partes. Para que una democracia sea creíble, en lo ideológico y ético, debe existir la autoridad moral y ejemplaridad pública de dirigentes y militantes; sólo así se puede desterrar la sistémica corrupción que, cual hiedra, cohabita en nuestras instituciones.
Descubrir y revelar varios casos de corrupción, entre ellos Metástasis y Purga, convierten a la Fiscal General en ícono de fe y esperanza para extirpar la corrupción. Peregrinar el sendero inverso, encubrir lo inaceptable, no hace más que jugar a favor de los “intocables” y sería percibido como un iracundo afán de silenciar a la justicia y enterrar verdades perturbadoras para nuestra democracia. Con ello se intentaría convencer a la sociedad de que la política es, por definición, una suma de corrupción, deshonestidad, mentiras e intereses inconfesables. De esta evidente disputa por el sentido depende el futuro de nuestro país.
Las palabras del ex primer ministro inglés Winston Churchill siguen vigentes: "Un líder aceptado solo debe estar seguro de qué es lo mejor que hay que hacer, o al menos haber tomado una decisión al respecto. En torno al número uno se centran enormes lealtades. Si tropieza, ha de ser sostenido. Si comete errores, deben ser cubiertos. (...) Y si no vale para nada, ha de sufrir las consecuencias máximas y ser puesto en la picota. Pero esto último no puede acontecer todos los días y mucho menos en los momentos posteriores a haber sido elegido como número uno".
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