El hedor del racismo
El levantamiento indígena y popular acaecido en octubre fue la ocasión propicia para despertar los demonios de una sociedad blanco mestiza que, en su lógica de blanqueamiento, continúa negándose a aceptar su abrumador sustrato indígena -de acuerdo a recientes estudios de ADN se menciona que supera un 60% en nuestro país-.
El racismo, según Peter Wade, es un discurso discriminatorio que vincula cuerpo, sangre, herencia con comportamiento y cualidades morales, es un pensamiento naturalizante, colonial y jerárquico. Ahora se expresa más claramente como un racismo cultural.
Es racismo en la medida en que las críticas a las personas se hacen por sus características físicas y culturales. Este racismo es putrefacto, corroe y lastima a una sociedad. Su pus brota en todas partes, en las redes sociales las expresiones contra ecuatorianos pertenecientes a nacionalidades indígenas constituyen bazofias impronunciables.
Según un estudioso del racismo en el Ecuador, la búsqueda de unidad nacional llevó a esgrimir una ideología del mestizaje que unificaba a troncos identitarios diversos y los disolvía, el “blanqueamiento” era una meta nacional.
La negatividad con que se percibe al indio o al negro implica que son las élites blanco-mestizas las que han esgrimido un discurso de discriminación en contra de estos grupos, sin embargo, hay que reconocer que estas ideas han sido apropiadas por el conjunto de la población ecuatoriana, desembocando en una intolerancia racial o en “endorracismo” destructivo, donde incluso ellos mismos se perciben en esa negatividad (Almeida, 2003).
Es como si el espectro de lo que somos nos atormentara y no logramos reconciliarnos, sin embargo, el antropólogo Almeida afirma que la sociedad ecuatoriana va en dos lógicas distintas, en una dirección el pesimismo de lo mestizo, y en otra, la reconstitución de lo indígena. Es esta reafirmación cultural la que se evidencia a partir de la década de los 90 en los numerosos levantamientos que reivindican derechos, no solo para ellos, sino para los sectores empobrecidos del país.
Es hora de frenar estos discursos racistas y discriminadores en donde se encuentren; es necesario una normativa que los frene, pero socialmente también debemos condenarlos. La racialización de la política empieza a imponerse y hay que estar alertas para impedirla. (O)
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