Profe, vamos a bailar
El Profe entra con paso austero a la sala de conferencias. Los flashes lo cercan; las preguntas, también. El entrenador no revela el secreto de sus victorias —cuando las hay—, pero en la derrota suele ofrecer explicaciones que a veces rozan lo admirable, porque la verdad se expone, no se impone. “Vamos a jugar”, dice el entrenador; “vamos a trabajar”, responde el director técnico que habita en el mismo cuerpo. A ese hombre se le exige la creatividad de Da Vinci y la lógica de Descartes; jugar bien y bonito, como le dicen los doctores del fútbol. No se le piden milagros: solo que elabore esquemas tácticos más complejos que un designio celestial.
Finalizaron las Eliminatorias sudamericanas rumbo a 2026 y ya no hay asientos vacíos en el vuelo a Norteamérica. Argentina cerró en la cima con 38 puntos; Ecuador, segundo con 29; detrás, Brasil, Uruguay, Colombia y Paraguay, con 28, completan los seis cupos directos, mientras que Bolivia irá al repechaje intercontinental. Venezuela se apagó al final, Perú sin respuestas y Chile sin recambio: 2030 es el nuevo horizonte.
El capítulo ecuatoriano merece mención aparte: la Tri firmó el segundo lugar con un 1–0 ante la campeona del mundo. El equipo de Beccacece fue el que menos cayó en todo el proceso —apenas dos derrotas— y encajó solo cinco goles, el mejor registro de la Conmebol. A esa solidez se sumaron disciplina táctica y rigor físico. Con Moisés Caicedo, Piero Hincapié, Willian Pacho y Pervis Estupiñán como referencias, el plantel se muestra serio y competitivo. El segundo puesto la acerca al bombo 2 del sorteo de diciembre de 2025, una posición que, en principio, reducirá cruces con selecciones de primera línea. Con esa base, el objetivo es claro: superar los octavos de final de 2006.
Termina la rueda de prensa. En el vestuario ya suena la música y, cuando entra, los jugadores —sudor todavía y sonrisa ancha— se le acercan y le dicen: —profe, vamos a bailar. Porque él sabe que el triunfo no es definitivo y el fracaso no es fatal. Este oficio exige saber de cuestiones tácticas y de seres humanos. Al final, tanto en el fútbol como en la vida, lo que no se padece no se disfruta y lo que se conquista fácil se pierde del mismo modo. No hay recetas que garanticen el éxito ni medidas preventivas contra el fracaso. Para él, la historia no la dicta el destino sino la voluntad. De ahí surge una conclusión inevitable: para tener éxito, hay que estar dispuestos a hacer las cosas que no nos hacen felices.
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