Nuevas reformas al deporte ecuatoriano (vol. IV)
La taberna, densa de humo de pipa y olor a brandy, respiraba una calma espesa. Bajo la luz tenue, un grupo de caballeros discutía sobre caballos, honor y dinero. De pronto, Sir Charles Bunbury giró la copa entre los dedos y murmuró: —Las carreras se han vuelto una farsa; se compran jinetes, se cambian caballos, se apuesta sin regla; el juego se pudre y nadie parece notarlo. Lord Rockingham sonrió: —Y aun así seguimos apostando, Charles; si el caos nos divierte, ¿para qué ordenarlo?
A mediados del siglo XIX, la revolución industrial reordenó la vida y obligó a estructurar el tiempo libre: fútbol, cricket, rugby y boxeo se organizaron en clubes de fábricas, parroquias o universidades; el deporte era asunto civil. Con la expansión urbana y las masas en los estadios llegaron taquillas, sueldos y fichajes: hubo que reglamentar la pasión y formalizar a los clubes, que en Inglaterra empezaron a operar como entidades privadas con accionistas, sin reparto de dividendos y con reinversión obligada. Persistieron como asociaciones vulnerables a deudas y politización. En los noventa, con privatizaciones y televisión global, resurgió el debate: nació la Sociedad Anónima Deportiva, figura mercantil con accionistas y responsabilidad limitada, capaz de lucro pero con fin deportivo y reinversión exigida. La SAD es el punto medio: el Estado la trata como empresa; el sistema como club.
En el marco de las nuevas reformas al deporte ecuatoriano, la figura de la Sociedad Anónima Deportiva emerge como eje de discusión: persona jurídica mercantil con capital dividido en acciones y responsabilidad limitada de los accionistas, obligada a operar con fin deportivo y sujeta a la Ley de Compañías y del Deporte. El marco ofrece beneficios: trazabilidad, auditorías, capital y profesionalización. Pero también plantea riesgos: distancia entre hinchas y decisiones, carga fiscal y la necesidad de armonizar la figura mercantil con la afiliación federativa. La experiencia comparada sugiere un modelo híbrido que preserve la base social –patrimonio, canteras, identidad– y canalice lo profesional mediante SAD con límites de endeudamiento y transparencia. ¿Será ese diseño replicable en las federaciones de otros deportes, como un modelo capaz de equilibrar sostenibilidad económica y sentido humano del deporte?
Bunbury miró el brandy en su copa. —El caos nos divierte —repitió—; quizá, pero no hay honor sin regla. —¿Y cuando el juego crezca, quién la sostendrá? —preguntó Rockingham. —Quienes recuerden por qué empezó —respondió Bunbury—; no habrá ley sin memoria ni memoria sin quienes la sostengan. Para que el honor no se venda y el desorden no reine. Así, el deporte tuvo su primera forma civil: un club, en su acepción primera –reunirse, aportar y someterse a reglas–.
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