Ecuador / Miércoles, 11 Febrero 2026

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Las sombras del orden migratorio

Hace unas semanas me di a la tarea de aprender un poco más sobre los Estados Unidos, con la finalidad de acercarme —al menos inicialmente— a comprender sus políticas, reacciones, indiferencias y todo aquello que envuelve la situación del migrante, sobre todo latino.

El asunto es que empecé a seguir la producción de un historiador que desde hace varios años estudia los legados culturales de la nación estadounidense y cómo estos persisten hasta nuestros días. Su aporte me parece especialmente útil porque a pesar de su categorización, advierte la existencia de toda la trama compleja, las hibridaciones y la superposición de prácticas de las personas en territorios inicialmente identificados con una tendencia determinada (por ejemplo, los matices en un Estado identificado en principio como de tendencia conservadora).

Al buscar adentrarme en este tema, desde la psicología política, pensé en el concepto de sombra de Carl Jung, no para simplificar ni psicologizar un fenómeno altamente complejo, sino más bien con la intención de poner el foco en una dimensión psíquica colectiva que vuelve socialmente tolerable el uso de la fuerza administrativa. Así, Jung entinde la sombra,como todas aquellas partes que han sido suprimidas de nuestra consciencia —sin que esto signifique que no existan— y que representan un problema cuando las negamos o no logramos integrarlas.

Volvamos a Woodard. El autor propone una cartografía cultural del proyecto de Estados Unidos que explica, está asentada en la complejidad de once naciones internas, que prevalecen mitos fundacionales influenciados por su impronta colonial diversa y la guerra civil como parte de su estructura.

Rescato tres naciones propuestas por Woodard que identifico como influyentes en la psique estadounidense respecto de las políticas migratorias actuales desde la perspectiva del poder de turno, estas serían: el Lejano Oeste, la Gran Apalache y el Sur Profundo. Estas tres responden culturalmente a un cúmulo de mitos fundacionales conservadores, a una ética de la frontera como espacio a defender, a narrativas de historia territorial en constante disputa, guerrera, y donde la identificación como grupo responde a una posición etnonacionalista.

Ahora bien, cada una de estas tres naciones tiene como factor de cohesión de grupo ciertas creencias: se definen como comunidades moralmente cerradas (no les interesa ser universales), se perciben como sociedades jerárquicas, trabajadoras, patriotas y respetuosas de la ley. Justifican su posición social por merecimiento y por un orden natural —generalmente racial— que les permite mantenerse en el lugar que ocupan. El conjunto de estas creencias marca un orden colectivo y define, entonces, su sombra como la negación de la dependencia de otros (los migrantes).

Hagamos una puntualización aquí, la sombra del colectivo (sociedades pertenecientes a estas naciones) no es necesariamente la misma que portan las élites de estos grupos, que pueden ser plenamente conscientes de que es la mano de obra precarizada, migrante o empobrecida la que constituye la base de su economía. La sombra de las élites, tiene que ver con que no pueden verse a sí mismas como usurpadoras, en un orden impuesto que las precede, porque hacerlo significaría una fractura de su autoimagen.Ellos quieren verse como fundadores, no como beneficiarios.

Entonces, para ser consecuentes con su sentido de cohesión grupal y para contentar a sus bases esta élite crea un brazo represivo, enmascarado y anónimo ICE, como un objeto que le permite actuar con violencia y desplazar la culpa en nombre de la institucionalidad. Ahora bien, estas élites no buscan prescindir del migrante del todo: buscan arrinconarlo,atemorizarlo, no integrarlo y mantenerlo en el lugar de fuerza de trabajo precarizada racializada, pero nunca en el lugar de ciudadano, y menos aún, de ser humano. Al igual que otros objetos históricos, ICE funciona como un mecanismo psíquico que permite blindar a un orden social frente a su propia y dolorosa fractura.

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