Fatiga pandémica
Puede llamarlo angustia por el COVID-19, incertidumbre por el presente porque es de arriesgados y valientes mencionar el futuro, binomios presidenciales en racimo o la razón particular que usted tenga. Sea lo que sea, es real y cuantificable y se extiende más allá de nuestros entornos al coincidir que tenemos un problema mucho más profundo y colectivo: como país, no estamos bien.
Según el Plan de Respuesta Humanitaria Covid-19- Equipo Humanitario- Abril 2020, la pandemia afecta las diferentes esferas de la sociedad, extiende el sufrimiento de las personas y paraliza la economía.
Las mujeres, niños y adolescentes, adultos mayores, personas en situación de calle, pueblos indígenas, afrodescendientes y montubios, personas refugiadas y migrantes residentes en el país y en tránsito, personas que viven en pobreza, extrema pobreza o trabajan en el sector informal, entre otros, son los grupos particularmente afectados.
El enorme costo que la pandemia ha cobrado en las vidas y los medios de vida de las personas con mayor vulnerabilidad en el área urbana o rural del país, debido a disparidades estructurales que llevan siglos y agravadas por los efectos psicológicos del racismo cotidiano, aparecen en nuestros datos de salud mental.
La preocupación que despierta la pandemia por los trastornos mentales, así como por la física, lleva al 58% de ecuatorianos a cambiar sus hábitos y destinar su dinero a un seguro médico.
A la firma de investigación de mercados-Ipsos-durante el cuarto mes del este año el 12% de mil ciento noventa personas respondió que buscará ayuda sicológica, mientras el Ministerio de Salud, reporta cerca de 25.000 asistencias en esta área. En el manejo de cifras hay subregistros que llevan a especular.
Aún no se conoce qué porcentaje de ecuatorianos reportan que las preocupaciones relacionadas con el coronavirus interfieren con su sueño, así como cuántos pierden los estribos con mayor facilidad, o si la cuarentena generó ansiedad e hizo que las personas coman menos o que se alimenten en exceso.
¿Cómo explicar esta caída a nivel nacional en un pozo de angustia? Las tasas de contagio son un testimonio de la desobediencia ciudadana, caos nacional y fuente de horror existencial: ¿Por qué y para qué sacrificamos tanto en estos meses —nuestro sustento, relaciones sociales, seguridad, la escolarización de nuestros hijos, reuniones sociales— si todo fracasa?
Aunque la impotencia nos invada, al sufrir las consecuencias de fuerzas que no podemos controlar, esperamos la reanudación de algo parecido a la vida y apenas hoy entendemos lo que Camus sintió, cuando la impronta de esos cuatro meses se volvió bastante extraña en Orán. Eso es lo que tenemos ahora. Si tan solo supiéramos cómo terminará. (O)
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