Deporte Universitario (vol. I)
Harvard, 1852. El estudiante no dejaba de mirar el reloj. Una leve zozobra le recorría las piernas mientras cerraba el tratado de filosofía que tenía abierto frente a sí. Sobre el escritorio se esparcían en desorden un volumen de latín, apuntes de geometría y, en la última hoja de uno de los cuadernos, el esbozo torpe de un bote de remo, el mismo en el que debía entrenar esa tarde. Era demasiado tarde para seguir estudiando con tranquilidad y demasiado temprano para renunciar al entrenamiento sin culpa. Si falto hoy al entrenamiento, me excluyen del bote y del equipo, piensa para sí. Si no leo estos capítulos, el profesor me va a destruir en el examen. Suspira, se levanta y sale de la habitación. En el pasillo escucha lo de siempre: —Ahí va el atleta —susurran mientras él corre hacia el río, donde el entrenador lo recibe: —¿Trajiste la cabeza o la dejaste en los libros? Él se toca el bolsillo donde lleva el libro; si mañana preguntan por Platón, no puede decir que estaba en el agua.
El deporte universitario recoge un ideal formativo antiguo, pero adopta su forma moderna en el siglo XIX, cuando universidades británicas comienzan a organizar clubes y regatas de botes entre sus estudiantes. Desde allí, el modelo se extiende a otros continentes bajo el ideal del amateurismo —opuesto a las compensaciones económicas y defensor de la pureza académica—, hasta convertirse en un fenómeno global hoy tensionado por la comercialización, los derechos de imagen y el debate sobre qué significa seguir siendo “amateur”. En el Ecuador, al amparo de la Ley del Deporte, el deporte universitario ha tenido un desarrollo intermitente: la creación de la Federación Ecuatoriana de Deporte Universitario y Politécnico (FEDUP) en 2003 y los Juegos Nacionales Universitarios —primera edición en 2002, segunda en 2018 y tercera prevista en Cuenca en 2025, del 17 al 28 de noviembre— marcan hitos de una articulación todavía frágil. Se trata de un ámbito rezagado, que requiere políticas modernas y un reconocimiento efectivo de la doble condición de quienes son, a la vez, estudiantes y deportistas.
Al término del día, de regreso del entrenamiento, lleva el cuerpo fatigado y la respiración aún agitada. Minutos antes todo se reducía a avanzar, mantener el ritmo, sostener el bote. Ahora, al volver a su habitación con las manos entumecidas, se impone la otra realidad: —Mañana examen. —Pasado, regata. Esa es, en el fondo, la realidad cotidiana de quienes viven el deporte desde la universidad. En esa doble responsabilidad —cumplir como atleta y cumplir como estudiante— se condensa, sin adornos, lo que significa ser deportista universitario.
Este artículo es un homenaje a las y los deportistas de la UIDE: a quienes comparten sus días entre el esfuerzo del entrenamiento y la paciencia de los libros. En esa doble vida de estudio y competencia, sostenida con disciplina y modestia, se cifra en último término lo que significa ser estudiante y deportista.
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