Cuando la navidad no alcanza
En Camino a la paz, la película argentina producida en el año 2015 que evidencia a dos hombres que no se parecen en nada y que emprenden un viaje incómodo. Que no buscan salvar al mundo ni protagonizar una gesta heroica. Solo avanzan. Discuten, se cansan, se toleran. Y en ese trayecto descubren algo esencial: la paz no se declara, se camina; no se grita, se practica. “Una huella humana en tiempos de ruido”. Esta metáfora resulta especialmente incómoda en Navidad, una época saturada de discursos luminosos y consumo acelerado. Mientras las redes sociales nos dictan qué sentir, qué comprar y cómo “celebrar”, confundimos emoción con exhibición y solidaridad con likes. La prosodia digital —esa entonación artificial del bien— ha vuelto ruidoso lo esencial y silencioso lo urgente, donde celebrar no basta.
Porque mientras celebramos, alguien desaparece; entre tanto hablamos de amor y paz, el tráfico de niños se expande como una de las tragedias más rentables y menos visibles del planeta. Diversos organismos internacionales coinciden en que la trata de personas —especialmente de menores— mueve cifras que igualan o superan las economías ilegales más conocidas, como el narcotráfico. No solo en dinero, sino en daño humano irreversible. Niños convertidos en mercancía, en rutas, en números. Y, sin embargo, esta realidad no es tendencia, no ocupa titulares proporcionales ni genera la indignación sostenida que cabría esperar de una humanidad que se dice civilizada.
Con grata sorpresa encuentro que existen organizaciones que sí lo hacen. Aerial Recovery Group es una de ellas. Integrada por veteranos y primeros respondedores, esta organización internacional ha decidido convertir la experiencia del conflicto en una herramienta para salvar vidas. No desde el espectáculo, sino desde la acción. Su trabajo combina respuesta a desastres, rescate humanitario y colaboración con autoridades locales para combatir redes de trata, especialmente aquellas que explotan a niños y mujeres en contextos de extrema vulnerabilidad. No es caridad emocional ni activismo de temporada. Es presencia real en territorios donde el Estado no siempre llega y donde la infancia es el botín más codiciado. Miles de personas han sido rescatadas o asistidas gracias a estas operaciones. Pero el dato más potente no es cuantitativo: es simbólico. Demuestra que la huella humana aún puede inclinar la balanza, incluso frente a economías criminales que operan con lógica empresarial.
La comparación es brutal pero necesaria: mientras celebramos el exceso, otros comercian con la ausencia absoluta de derechos. Mientras cambiamos regalos, otros niños cambian de nombre, de país, de identidad. Mientras discutimos tendencias, ellos luchan por sobrevivir a un sistema que los consume sin culpa. Navidad, entonces, deja de ser una fecha y se convierte en un espejo. No nos pregunta cuánto dimos, sino qué tipo de mundo estamos financiando con nuestra indiferencia. No interpela nuestras creencias, sino nuestras decisiones cotidianas: qué amplificamos, qué ignoramos, qué normalizamos.
Como en Camino a la paz, nadie llega ileso al final del trayecto. Pero sí transformado. La paz no está al final del año ni en el cambio de calendario. Está en la huella que dejamos cuando decidimos ver al otro no como contenido, sino como compañero de camino. Tal vez esta Navidad no se trate de desear paz, sino de caminarla, aunque incomode. Porque el verdadero milagro no es consumir distinto, sino no mirar hacia otro lado.
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