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Comunicarse desde lo público ¿Informar o construir confianza?
Hoy en día vivimos bombardeados de información. Entre redes sociales, noticias y videos, la comunicación del Estado se encuentra en un momento decisivo. Por décadas, el modelo tradicional se quedó atrapado en una fórmula repetitiva: enviar boletines de prensa masivos y llenar los espacios de propaganda. Pero hay algo que debemos decir con claridad: informar no es lo mismo que comunicar.
Informar es simplemente lanzar un dato que puede ser de interés. Comunicar, en cambio, es crear una relación, es hablar y, sobre todo, escuchar para construir lo más valioso que tenemos: la confianza.
En pleno siglo XXI, los ciudadanos ya no son meros espectadores que se quedan callados esperando a ver qué les dicen. Son personas críticas que exigen propuestas y transparencia. Cuando una institución pública se dedica solo a hacer "ruido" con propaganda, la gente deja de creer. La propaganda busca convencer rápido, pero suele estar vacía; la comunicación estratégica, en cambio, busca la legitimidad, esa que solo se gana cuando la gente siente que le dices la verdad.
Para dejar atrás el tradicional boletín oficial, debemos entender que la comunicación pública es un servicio más, como la salud o la educación. No se trata de contar lo que la institución quiere presumir, sino de explicar cómo las decisiones de un gobierno cambian, para bien, la vida diaria de Juan, de María o de cualquier ciudadano.
En las empresas, el éxito se mide por cuánto vendes o qué tan fiel es el cliente. En lo público, nuestra moneda de cambio es la confianza. Sin ella, no hay proyecto que funcione. Para lograrla, es urgente pasar a una “escucha activa”: hablar menos de nosotros y entender más lo que la gente necesita.
Es necesario recalcar que las instituciones no son las que hablan; hablamos las personas. Cuando le ponemos rostro y un propósito real a la gestión, esa distancia que la gente siente con "el gobierno" se acorta. No basta con publicar tablas y datos fríos; hay que hacerlos fáciles de entender. La claridad es, al final del día, la forma más honesta de respetar al ciudadano.
Quienes están al frente de una dirección estratégica, tienen el rol de asegurar que el equipo de comunicación no sea visto como ese departamento que está “al final del pasillo” tratando de maquillar resultados negativos; sino al contrario, ser el corazón en la toma de decisiones. Un director de comunicación moderno debe ser el arquitecto de la reputación de la casa, cuidando que cada palabra coincida con la realidad.
La comunicación estatal debe ser una conversación pública, esto implica aceptar críticas, invitar a la gente a participar y usar las redes sociales no como megáfonos para gritar logros, sino como puentes para encontrarnos.
El reto entonces no es solo contar con la tecnología o instrumentos necesarios, sino trascender hacia un cambio cultural. Debemos dejar de ver al ciudadano como un simple votante o cliente y empezar a verlo como un socio que nos ayude a mejorar la realidad del país. Al final, el éxito de nuestra gestión no se notará en el número de clics o en los aplausos en prensa, sino en qué tan fuerte es el vínculo que logremos tejer con la sociedad. Menos propaganda, más verdad; menos comunicados, más confianza.