Las agresivas

- 13 de octubre de 2019 - 00:00

Hablar bajito, comportarse, no subirse tanto la falda, no responder y pintarse los labios del tono más claro que tengas, es atractivo para una sociedad que te va a juzgar constantemente por absolutamente todo.

Ser mujer es “jodidamente” duro. Si le agregamos pasión, extroversión y una crianza basada en el respeto, empatía, seguridad, con una crianza que ha superado necesidades y obstáculos; el día a día no será un paseo por las nubes porque lo que debía ser una virtud, se transforma en un defecto. 

Puede que la veas negra en esta sociedad que según la novelista y directora de cine francesa Virgine Despentes, “nunca antes había exigido tantas pruebas de sumisión”.

Porque la indefensión, amigas, es atractiva. No lo tomen como consejo es lo que les pido, pero no me nieguen esa teoría. Hablar bajito, comportarse, no subirse tanto la falda, no responder y pintarse los labios del tono más claro que tengas, es atractivo para una sociedad que te va a juzgar constantemente por absolutamente todo lo que hagas o propongas hacer, porque “es necesario de todos modos que las mujeres sientan que han fracasado” (Despentes, 2018).

Que todo lo hacemos mal, que tiene que venir alguien más a salvarnos, que calladas nos vemos más bonitas y atractivas y que defenderse y alzar la voz es sinónimo de agresividad, y que eso no es propio de una señorita de buena crianza. 

Si se preguntan a qué viene todo esto, se los cuento:

Hace unos días en la red social Twitter se suscitó una polémica con un excolega de un medio de comunicación que publicó un video alterado donde yo salía bailando con agentes de una institución municipal de Guayaquil.

La descripción del video preguntaba a los seguidores si estaban de acuerdo con el contenido. Ante el intento de descrédito, corrí a explicarle a los usuarios la raíz de dicho contenido y, además, le tildé algunas íes al colega.

¿Cuál fue el titular al día siguiente en los segmentos de entretenimiento? 

“Alondra Santiago, molesta con Henry Dueñas”; otros cambiaron el adjetivo, “Alondra enojada”, la intención fue la misma. Soy graduada de periodismo internacional y trabajé cinco años en un canal de televisión, y puedo decirles que existen formas diferentes de titular esa nota. Pero la periodista decidió que lo importante era mi molestia, y no la causa.

Cuántas veces me han llamado agresiva, gritona, enojada, y que debería “bajarle dos” porque una mujer que reclama se ve horrible e incomoda. Pero eso no me ha pasado solo a mí, a ti también, que contestas, que te defiendes y reaccionas ante el acoso, ante el bullying, ante la agresión.

Pero ahí no termina este análisis. En varias partes del texto el colega en cuestión es descrito como “periodista” y por si fuera poco exaltan su trayectoria en la profesión. Yo, en la misma nota no soy más que “ella” la “comunicadora”.  No fui la periodista, la actriz, cubana radicada en Ecuador hace 14 años, no soy siquiera Alondra, soy “ella”, soy básicamente un artículo y uno molesto y enojado

Y me pregunto: ¿hasta cuándo vamos a seguir soportando estas formas de machismos en el periodismo y en la vida diaria?, ¿hasta qué punto tenemos que aminorarnos, disimular lo que conseguimos y no responder ante las formas de violencia que recibimos?

Estos textos los leo a diario, son errores comunes y peligrosos. Quitarse los preceptos que tanto nos han definido es difícil. 

Las mujeres somos agresivas por defecto, y ese defecto es la sociedad que nos tienta a diario a gritar, a reclamar la libertad y la defensa que nos merecemos. Porque nuestra constante lucha por la emancipación es un peligro para quienes no quieren escuchar nuestras voces, porque somos gritonas. Y les digo algo, no es que hablemos alto, es que ahora nos están escuchando.  Entonces el titular no es: “Alondra molesta con Henry”, es “Henry publica video que desata controversia” o “Un video enfrenta a periodistas en redes sociales”, es mil formas de ser parte de una comunidad libre de micromachismos.

Comprendo que lo correcto a veces no vende,  sin embargo si nos cuentan sobre la mujer foránea, la temperamental, la prepotente, “ella”, “la comunicadora”, de esa forma, para algunos medios si genera “contenido”, no importan las consecuencias. 

Soy el sexo extranjero, y no por mi nacionalidad, sino porque a los ojos de lo establecido, como mujer, somos raras, de otro lugar, que aún está aprendiendo a comportarse. “La violencia no es nuestro territorio” (Despentes, 2018), porque el silencio, el ser buenas, ese es “nuestro lugar”.  Pues les cuento algo y piensen que grito al hacerlo. Estoy furiosa con una sociedad que me dice qué debo responder, cómo y cuándo hacerlo. Estoy enojada porque piensan que estarlo por tantas injusticias es incorrecto. Estoy cansada de que me digan que baje la voz, y que mi lugar como turista permanente en un país que me da cielo y tierra a diario, es callarme.

Soy mujer de este siglo y eso no va a suceder, se los advierto. “Soy agresiva” me defiendo y estoy en mi derecho de hacerlo y creo que no está mal. No estamos indefensas, y cada día encontramos una mejor respuesta para aquellos que en su calidad de defensores de la “historia” y los “principios” se niegan a reconocer que hay otra voz en todo este caos, y una que ya jamás va a permitir que la apaguen.

Aquí está mi voz, mi pensamiento, mi análisis personal y periodístico, de mujer profesional. No sé cuál será el titular de mañana, puedo imaginarme algunos, pero no importa. Yo seguiré aprendiendo para evitar errores, para cuidar la calidad y para alzar mi voz sin agravios. Yo seguiré gritando mientras haya razones para hacerlo, y seguiré molesta con quien tenga que estarlo. (O)  

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