Los hijos de las reclusas quedarían sin un albergue

11 de junio de 2012 - 00:00

“Mi hermana llegó con una mochila a la casa y unos policías la habían estado siguiendo. Cuando entraron a la casa a registrar el contenido de la mochila, resultó ser droga. Mi mamá se hizo responsable y desde hace dos años está presa”, cuenta con un velo de nostalgia, Sandra* de 16 años, que vive junto a sus 2 hermanos y un primo de 3  años en la Fundación Ganas.

El centro acoge a hijos de mujeres privadas de la libertad y el próximo mes podría cerrar sus puertas dejando a la deriva a 52 niños y adolescentes que viven ahí.

La Fundación Ganas ocupa poco más de 4.900 metros cuadrados de los 20 mil que tiene el Claustro del Convento Mercedario ubicado en El Tejar, en el casco colonial de Quito.

Desde hace 5 años la fundación trabaja en este espacio y rescata a niños de las calles en situación de vulnerabilidad. Principalmente brinda vivienda a los hijos de mujeres encarceladas o chicos cuyos padres viven en situaciones de drogadicción o alcoholismo.

El convenio que les permitía vivir allí fue suscrito hace 5 años con la Comunidad Mercedaria. Hace dos años el Centro de Mediación de la Cámara de Comercio de Quito determinó que en julio del 2012 la fundación tiene que abandonar el predio, al no querer,  el organismo clerical, renovar el convenio.

Elza Idrovo, coordinadora de la Fundación Ganas, se muestra preocupada ante el hecho de tener que trasladarse, pues indica que el centro al no tener fines de lucro no cuenta con los fondos para obtener otra casa donde  puedan ir los pequeños residentes. “A dónde irán los niños”, se repite constantemente sin entender la razón por la que el convenio finaliza. Ella mantiene la esperanza de que  puede extenderse más tiempo o que alguna entidad privada o estatal les ayude.

“Aquí  les damos alimentación, supervisamos y apoyamos con las tareas que les mandan en sus escuelas y especialmente logramos que crezcan  grupos completos de hermanos”, dice Idrovo.

Así es el caso de Santiago* que tiene 12 años y desde que la fundación abrió sus puertas vive allí con su hermano menor de 8 años. Con la mirada gacha y ocultando sus penetrantes ojos negros cuenta que él y su hermano vivieron junto a su madre en la cárcel de mujeres de El Inca.

“Pasaba aburrido allá y acá se pasa mejor, pero ahí vivíamos con mi mamá. A veces quisiera volver allá para estar cerca de ella. La extraño mucho y quisiera cuidarla, porque ella me dio la vida”, dice Santiago, que tiene 8 hermanos, pero casi todos viven en la provincia de Esmeraldas.

Como él, varios niños de la fundación acuden por las tardes a la Escuela México. Santiago cuida de su hermano menor y vive en el dormitorio de la segunda planta con otros trece niños. Disfruta al jugar con sus amigos, pero lo que más le divierte es preparar pan.

Un proyecto estudiantil

Varias entidades han brindado apoyo a la Fundación Ganas. Un grupo de alumnos del Instituto Técnico Luis Napoleón Dillon, de Quito, acude como voluntarios.

Idrovo cuenta que a finales del año anterior estudiantes de la Universidad Tecnológica Equinoccial, mediante un proyecto, enseñaron a los niños  a hacer pan, actividad que la disfrutan los más “grandecitos” del centro y por la que consiguen un poco de ingreso.

“En la panadería los niños elaboran empanadas, pan de dulce y de sal y ellos mismo se encargan de venderlos en el centro de la ciudad”, acota Idrovo.

Apoyo y donaciones

Todo lo que tienen los niños y adolescentes en el centro lo obtienen mediante donaciónes. La empresa privada y personas naturales aportan con víveres, alimentos, uniformes escolares y para Idrovo no hay colaboración que no sirva. “Acá  nos hace falta de todo y gracias  al apoyo de varias empresas y personas podemos brindar a los niños la alimentación que es una de las necesidades cotidianas”.

Técnicos del Ministerio de Inclusión Económica y Social visitaron la fundación y ofrecieron apoyarla si esencialmente hacían arreglos en la infraestructura, pero, según Idrovo, no se ha podido hacer mucho al carecer de recursos.

A través de una solicitud escrita, Diario El Telégrafo pidió la versión de Jaime Cortez, padre provincial y representante de la Comunidad. También realizó varias llamadas a Marcia Bracero, asistente de Cortez, pero nunca dieron respuesta a las inquietudes de este medio. Mientras tanto, el 12 de julio vence el plazo para que los niños abandonen esas instalaciones.

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