El cholo con sus ancestros está ligado al mar

- 14 de junio de 2018 - 00:00
El fruto del trabajo en el mar se refleja cuando llegan a la playa con los pescados que capturaron.
Foto: Patricio Ramos / EL TELÉGRAFO

El océano es su proveedor de alimentos y generador de riqueza. Pasan el 80% del tiempo en el mar y la playa como lo hacían sus antepasados.

La cultura chola está presente especialmente en el perfil costero desde Manabí hasta El Oro en el sur del país. Los cholos están relacionados con la pesca y su íntima conexión es con el mar y sus recursos.

El cholo está presente especialmente en los poblados que yacen frente al mar, asegura el historiador e investigador manabita José Elías Sánchez.

Los estudios de Sánchez en torno a este grupo racial  datan de hace más de 30 años. Son descendientes directos de la cultura Manteña, Valdivia y otras que estuvieron presentes a lo largo de la costa de Ecuador.

Es sin duda un conglomerado que previo a la llegada de los españoles (en el caso de Manabí arribaron por la bahía de Manta) por su recio carácter no se dejó someter.

Ellos prefirieron salir de la costa, internarse hacia la montaña antes de ser colonizados, afirma el historiador.

Entre los sitios donde se asentaron está Montecristi, en lo que la actualidad es la parte urbana y las zonas de las comunidades a espaldas del cerro que lleva el mismo nombre del cantón.

El oficio de los cholos por naturaleza es la pesca. Estamos tanto en Manabí, como Santa Elena, Guayas, El Oro y Los Ríos, comenta Gilberto de la Rosa Cruz, presidente del pueblo cholo del Ecuador.

Gilberto describe que el pueblo cholo habita sobre el mar,  además que el océano es su proveedor ancestral de alimento y a la vez generador de  riqueza. “Los cholos del sur sin duda somos descendientes de la cultura Valdivia,  una de las antiguas de América”, afirma. La relación del cholo  con el mar es milenaria. Sus rasgos y características físicas son heredados de sus antepasados.

Según Sánchez, el cholo es de estatura pequeña, nariz aguileña, tez trigueña oscura  debido a que su piel es curtida por el sol, sus ojos son achinados, pues está en contacto permanente con el viento en el mar durante sus faenas de pesca.

En los pueblos pesqueros de Manabí, como Jaramijó, el cholo mantiene sus características y costumbres de trabajo. En la casa de José Rosado, ubicada en la parte baja de esta caleta de pescadores artesanales, desde pequeños los varones están relacionados con la pesca. Se aprende cómo reparar una red y sus anzuelos para las líneas de pesca, cuenta José.  

Las mujeres se encargan de la preparación de los alimentos, en su mayoría a base de pescado, como proteína, acompañado siempre de arroz y plátano asado.

Los cholos viven en grupos familiares nutridos de más de 10 individuos que se alojan en una vivienda. No importa si el espacio es pequeño;  mientras tengan lo necesario así pasan los días.

Esa particularidad predomina en poblados como El Matal, en el norte de Manabí, Puerto López, por el sur, y además en las provincia de Santa Elena, Guayas, El Oro y parte de Los Ríos, afirma el dirigente De la Rosa. El cholo también es conocido como pata salada, asegura la historiadora Libertad Regalado.

Son hombres de mar relacionados con la pesca, la navegación, el comercio, además han heredado habilidades como el buceo, pues sus ancestros ingresaban a las profundidades del mar en busca de las perlas, precisa.

Son los pueblos cholos que respiran a diario salinidad, miran hacia el horizonte y sueñan con devorarse cada día milla tras milla a bordo de sus embarcaciones en busca de los preciados recursos, asegura Regalado.

Las nuevas generaciones, descendientes de los cholos, siguen su relación con el mar pero además han emprendido en la búsqueda de nuevas ocupaciones. Ese es el caso de Carlos Delgado.

Nacido en Jaramijó, investigador, y graduado en comunicación en la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí  (Uleam),  cuenta que el cholo siempre ha estado relacionado con la pesca, “pero aunque sea en un bajo porcentaje la nueva generación, hemos incursionado hacia las universidades, yo también pesco en mis ratos libres”.

Delgado resalta que una de las características de los cholos es que son muy aferrados a sus familias, por eso es que los hijos viven en la misma casa de los padres.

“Los cholos somos muy territoriales en tierra pero no así en el mar”.

Cuando se trata de ir en busca de las especies marinas nos desplazamos por días y semanas en busca de los peces más grandes que nos rindan buenos réditos, afirma.

En su afán ancestral de seguir a los recursos,  los pescadores y sus familias, especialmente los de Jaramijó, se han desplazado desde Manabí, por ejemplo, a Santa Rosa en Santa Elena y El Matal en Jama, noroeste de Manabí. “Nos dirigimos hacia esos lugares para estar más cerca de las zonas de pesca”.

“En el centro de la provincia, a veces, hay pocos sitios con presencia de bancos de peces, mientras que por el norte y sur hay mejores recursos”, dice Ricardo Cedeño, pescador artesanal que cada 15 días sale desde Manta a El Matal.  

Los pescadores son errantes por naturaleza, pero solo lo hacen cuando están frente al mar, añade Sánchez. (I) 

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