Una labor sencilla se convirtió en una especie de tradición
Es tímida y de mirada esquiva, al menos al inicio de una conversación.
No deja su labor ni un solo momento, su concentración se dirige únicamente para los diminutos botones que coloca en una camiseta de bebé.
Sus clientes hacen fila para ser atendidos. Todos la observan mientras realiza su trabajo que requiere de mucha precisión y paciencia.
En medio de tarros rellenos de botones de diversos colores, tamaños y materiales, Martha O., quien con una sonrisa dice que no le gusta dar su apellido, pasa sentada todo el día frente a su fiel compañera: una máquina de pegar botones.
“Llámela como usted quiera, brochadora o forradora, no se resiente”, dice Marthita, como le dicen sus clientes, con una leve sonrisa.
Alza la palanca, coloca la prensa con el botón encima, aplasta y listo. La mujer de 51 años se dedica a este oficio desde hace 16 años en un pequeño local cerca de la iglesia La Compañía (Centro Histórico).
En su puesto, Fama & Wen, pone broches plásticos y metálicos, forra botones y hace ojalillos de diversas medidas.
Eso sí, nunca cose ni un botón. De ahí que los que tiene de muestra y requieren ser puestos con hilo solo están a la venta. “Esos botones yo solo los vendo. El dueño sabrá cómo los coloca”, dice Martha con una carcajada, ya con más confianza.
Sus clientes nunca se han quejado, pues —asegura— su trabajo es garantizado. Una clienta corrobora esta afirmación y, desde atrás de la fila, dice que ella es fiel a Marthita desde hace varios años; siempre le ha ido bien por eso vuelve. Martha sonríe y continúa con su trabajo. (I)
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