Todos los estudios sobre el suicidio demuestran que las personas adultas mayores tienen la tasa más alta de suicidio y la más baja de intentos. Existiendo una tendencia ascendente en los últimos diez años que hace que muchos autores se planteen el suicidio en la edad avanzada como una nueva epidemia que es necesario controlar y prevenir a tiempo.
Sin embargo, y a pesar de la gravedad del asunto, el suicidio en el anciano normalmente ha sido considerado como algo “lógico o justificable”, sin tener en cuenta que en muchas ocasiones es tan o más evitable que en los casos de las personas más jóvenes.
Pero, no solo es preocupante la tasa de suicidios consumados entre los mayores sino que, además, es frecuente encontrar el llamado “suicidio silencioso” o “síndrome de deslizamiento” (Carbonell 1985) en el que la persona rechaza los alimentos y los cuidados médicos, haciendo que se abandone hasta dejarse morir. El suicidio silencioso es tan letal como el activo, la intención de morir es la misma, lo que cambia es el medio.
En España los ancianos realizan solo 1 de cada 20 intentos leves, frente a 1 de cada 7 intentos graves y 1 de cada 3 o 4 suicidios consumados (Nieto y cols. 1992). Esto nos permite afirmar que las personas mayores tienen propósitos más firmes de morir y utilizan medios más letales.
Una característica de la conducta suicida en el mayor es que el 86% de los casos no reciben tratamiento psiquiátrico (Catell- Jolley 95). Es decir, que las personas adultas mayores no comunican sus intenciones de suicidarse, apenas verbalizan sus sentimientos de desesperanza y no buscan ayuda para mejorar su malestar. Evidentemente, esto dificulta muchísimo la posibilidad de intervenir con alguna acción o medida de carácter preventivo.
Hay una serie de factores de riesgo, es decir de condiciones de orden personal o circunstancial que pueden dar indicios sobre la posibilidad de que se dé una conducta suicida en un individuo.
Sin embargo, y si queremos ser realistas, es muy difícil, por no decir en muchos casos imposible, predecir el suicidio. No obstante, para poder hacer un diagnóstico precoz y prevenir el suicidio en las personas adultas mayores, los clínicos y profesionales de la salud deben conocer y saber evaluar todos estos factores. Ese es un punto clave para dar inicio a un tratamiento que permita devolver los deseos de vivir.
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