La tendencia a deducir caracteres psicológicos a partir de datos físicos u orgánicos se remonta a un viejo tratado de “fisiognomía”, atribuido falsamente a Aristóteles y que recobró fuerza en el Renacimiento.
El origen de este supuesto se halla en un presupuesto bastante absurdo, por el cual a los animales se les atribuyó características humanas y conforme a estas se los clasificó: perro, fiel; burro, torpe, etc.
Una vez establecidas estas clasificaciones “humanas” de los animales, hubo quienes pensaron que por las “semejanzas” se los podía caracterizar psicológicamente.
Entonces, en 1876 aparece un médico de Torino, Cesare Lombroso, quien dio a luz la primera edición de “L’uomo delincuente”, en la que afirmaba que por los caracteres físicos se podía reconocer al criminal como una especie particular del género humano.
Pero, ¿cómo explicaba eso? Dividió al hombre en dos clases: uno, ser superior, más evolucionado, de raza blanca, y uno inferior, un hombre “salvaje”, pobre, feo.
Reproduce un mecanismo de la “fisiognómica”: se define lo “malo” y se acaba seleccionando aquello “malo” mediante lo “feo”.
En resumen, el error de Lombroso consistió en creer que esa fealdad era la causa del delito, lo que se demuestra con un sencillo caso, como el de Jack de Londres, al que cabe presumir que por lindo no daba en el estereotipo y nunca lo pudieron meter preso. (Nota: Tomado de “La Cuestión Criminal”, capítulo 7. Autor: Eugenio Raúl Zaffaroni)
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