Elecciones sin partidos políticos

Los intentos de cimentar partidos por parte de sus dirigentes cayeron en varias trampas.
25 de enero de 2021 00:00

Si algo caracteriza al sistema político ecuatoriano en la actualidad es la vaciedad de partidos. Varias respuestas explican este fenómeno, unas más complejas que otras. La primera es el intento fallido para modernizar el sistema de partidos que se intentó en 1979 de vuelta a la democracia. Las intenciones fueron buenas, pero nunca se impulsó un proceso auténtico que pudiese transgredir las prácticas populistas, asistenciales y clientelares que perviven muy vigentes. Por tanto, no solo era cuestión de leyes, sino y sobre todo de cultura política. En ese mismo intento, las tiendas no cimentaron escuelas de formación y sucumbieron a la personalización de la política. A la salida del tablero de Febres Cordero del PSC, de Abdalá Bucaram del PRE y de Rodrigo Borja de la ID, estas organizaciones se desplomaron, pues no apostaron por la reproducción programada de liderazgos. Lo propio sucedió con el desplome de la DP en el recambio de timonel de Osvaldo Hurtado a Jamil Mahuad.

Los intentos de cimentar partidos por parte de sus dirigentes cayeron en varias trampas. Una de ellas fue la incapacidad de reinventarse, es decir, no iban a la velocidad del mundo y se dejaron seducir por las mieles del mercadeo electoral y la telepolítica. Lo primero se expresó en respuestas ineficientes a las problemáticas, mientras que lo segundo fue la búsqueda y promoción de cuadros por fuera de las organizaciones porque sopesaba más las encuestas de popularidad. Tampoco se pudo construir una verdadera partidocracia, término tan venido a menos y mal interpretado, pues este significa el gobierno de los partidos. Ecuador no registra acuerdos de mediano y largo plazos entre partidos, pero sí un canibalismo político en expresiones como los pactos de la regalada gana y el pugilato en el extinto Congreso Nacional. Por otra parte, las campañas electorales son cada vez más costosas como si fuesen una guerra entre chequeras, sin omitir el oscuro financiamiento de la política.

Hasta el 2003 tuvimos un sistema multipartidista fragmentado con el predominio de dos partidos de la Costa y dos de la Sierra, en un espectro que va desde la derecha, pasando por el populismo hasta el centro izquierda y derecha: PSC, PRE, ID y DP. Tan fragmentado fue el sistema que la realidad nacional distó de la situación política local, en donde se hacen alianzas entre ángeles y demonios para alcanzar algunas curules, alcaldías y prefecturas. Como resultado, no hubo partidos nacionales, pero sí muchas fracciones locales. El declive y la desaparición de los principales partidos se agudizó por su intervención con tres golpes de Estado entre 1997 al 2005 con venia del Legislativo y el silencio de las FF.AA. A la mitad de esta época se agudizó la antipolítica y la emergencia de outsiders que se promocionaban como apolíticos: Lucio Gutiérrez, Álvaro Noboa y el populismo de Rafael Correa.

Un sistema de partidos pulverizado dio paso a un sistema de partido predominante. La receta fue peor que la enfermedad, pues el Presidente se creyó Jefe Supremo del Estado al tomar el control de todas las Funciones, convirtió el Estado en partido y sus victorias electorales le permitieron gobernar en formato de democracia delegativa y populismo autoritario. El saldo actual es una elección con 16 binomios y situaciones aberrantes como la que se vive en Tungurahua, en la que se eligen cuatro asambleístas entre 18 candidatos. Tampoco podemos perder de vista que hay 283 organizaciones políticas habilitadas en un país de 13 millones de electores. Algo hemos venido haciendo mal desde 1979 y es cuestión solo de leyes.

 Blog: https://enlosbordesdelapolitica.wordpress.com/

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