Néstor

- 13 de agosto de 2018 - 00:00

Antes de los cuadernos delatores y del arresto de Roberto Barrata. Antes del disparo letal al fiscal Nisman. Antes de la maleta con dinero en el convento de Fátima. Antes de Cristina y de la Unasur, estuvo Néstor Kirchner.

Recién graduado de abogado había trabajado con bancos ejecutando hipotecas vencidas. El negocio no estaba en los honorarios sino en la compra barata de predios que iban a ser rematados y eventualmente se hizo de 21 propiedades.

Con esta sensibilidad por lo ajeno ganó las elecciones para intendente de Río Gallegos en 1987. Luego fue gobernador de Santa Cruz entre 1991 y 2003. Y ante el inminente regreso del también peronista Carlos Menem, saltó a ponerle el pecho a las balas.

Por cierto, en esos días de campaña, un taxista se encontró de frente con Néstor en un bar. Le pidió trabajo y el candidato rápidamente conectó a este desconocido con quien luego fue su ministro de Planificación Federal. Se dice que a los pocos meses manejaba millones. Su nombre es Roberto Barrata.

De vuelta a Néstor hay que decir que tuvo aciertos como dejar sin efecto la llamada “ley del perdón” que garantizaba inmunidad a los criminales de la dictadura. También redujo el desempleo, que rayaba en el 17% cuando asumió el poder.

Pero el costo de sus escasos buenos pasos resultó caro. Nunca se ahorró durante los años de bonanza y la crisis global de 2008 golpeó fuerte a Argentina. El clientelismo campeaba. Esa “renegociación” forzada con acreedores de la deuda externa aisló al país de futuras inversiones y prácticamente lo dejó sin crédito externo. La Venezuela de Chávez sí le daba dinero.

Varios de sus colaboradores se sentaron (y se siguen sentando) en el banquillo de los acusados. La sospecha de corrupción era su sombra, como esos 25 millones de dólares en coimas para la construcción de un gasoducto en 2005. El plan era alternar a Néstor y a Cristina en el poder, pero su infarto de 2010 desarmó el proyecto.

Sin duda Néstor simboliza a esa Unasur desaparecida, populista e irreal. El monumento del fracaso ya es ese edificio. Que se quede Néstor a la entrada, para que los alumnos recuerden siempre los pasos que nunca se deben dar. (O)