Leonardo Favio: Historias humildes desde la propia

07 de noviembre de 2012 - 00:00

Cerca de diez minutos estuvo Cristina Fernández de Kirchner, en total silencio, junto al ataúd de Leonardo Favio. Al final, se despidió con una suave caricia a la madera fría, que guardaba al artista en su velorio realizado en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso argentino.

Es normal: el cantante y cineasta argentino, fallecido al mediodía del lunes a los 74 años, basó buena parte de sus películas en un ferviente peronismo, en una búsqueda popular a la que él mismo calificaba como “un acto de amor al prójimo”. Ya por extensión, no dudó en mostrar su simpatía por los Kirchner a su llegada a la Casa Rosada. “Leonardo Favio: El director de los humildes”, “El último creador popular” titulan algunos de los artículos de despedida que se han escrito a gran escala en la prensa argentina. Es que las creaciones de  Favio han sido un fenómeno del que hay que hablar.

Nacido y crecido en Mendoza, vivió su infancia en un ambiente de escasez. Es de esas mentes que no necesitan acabar ni la escuela: todo lo aprendió de la calle y de la radio. Y así, en ese andar sin academia, aprendía de lo que veía, aprendía con sus sentidos. Su madre era actriz de obras dramáticas en la radio. Por allí conoció al cineasta  Leopoldo Torre Nilsson, quien le hizo a Argentina  el favor de impulsar a Leonardo Favio a trabajar en el cine, tanto como actor, cuanto como director. Estrenó su primer corto en 1965: “Crónica de un niño solo”, donde muestra un sinnúmero de aspectos de su propia infancia, a través de un niño que vive en un orfanato. Luego hizo “Éste es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas cuantas cosas más” (1966) y “El dependiente” (1968).

En esas primeras producciones ya se notaba su interés por experimentar con la luz, algo que se volvió una firma personal en cada uno de sus filmes. Siempre fue, hasta el final, un director arriesgado. Leonardo Favio salió de la marginalidad, pero la marginalidad nunca salió de él. Fue siempre su deseo, como cineasta, retratar a sus semejantes, a los de afuera, la vida del campo, la pobreza, siempre por apuntes autobiográficos, con un ojo que mira desde adentro.

En el resto de América Latina, se lo conoce en su faceta de cantante, ocupación que constituía en realidad un descanso cuando el cine lo agobiaba. En la década de los 70, Leonardo Favio había alcanzado un gran éxito en estas dos vertientes artísticas a las que se dedicaba por etapas, cuando se cansaba de la una, cuando extrañaba a la otra. Y es que sus películas ocupan un lugar más que importante en la historia de la cinematografía argentina.

Más de cuatro millones de espectadores llenaron las salas del cine en Argentina cuando se proyectó “Nazareno Cruz y el lobo” (1975), una cifra que hasta ahora sigue sin poderla alcanzar ningún otro realizador de su país. Un año antes, 2.4 millones de personas habían asistido a ver “Juan Moreira”,  la primera parte de una trilogía -que se completa con “Soñar, soñar” (1976)- en que se hacía evidente toda su experiencia de aprendizaje de creación en el radioteatro, el sainete criollo y el circo.

En cuanto a su música, que alcanzó a cruzar las fronteras de su patria con un éxito aún mayor que el de sus películas, “Fuiste mía un verano”, que es el título de la canción y del álbum más importante de su carrera como cantante, llegó a vender una cifra de 11.000 copias por día. Otros títulos, como “Ella... ella ya me olvidó”, “Mi tristeza es mía y nada más”, “O quizás simplemente le regale una rosa”, lo llevaron a realizar una serie de giras por toda Hispanoamérica.

En algunos países de esos que visitaba para llevar su canto, este músico y cineasta peronista debió establecerse en autoexilio en los tiempos en que la dictadura movía los hilos de la Argentina. Ya cuando volvió, a finales de la década de los 80, rodó “Gatica, el mono”, una película sobre la vida del boxeador José María Gatica, que aprovechó para recrear una escena en la que el púgil mantenía un encuentro con Juan Domingo Perón.

Pero su idolatría hacia el líder argentino, una especie de José María Velasco Ibarra de carne y vino, no había quedado saldada aún. En 1999, estrenó el documental “Perón, sinfonía del sentimiento”. Leonardo Favio había manifestado su deseo de que se convirtiera en una obra didáctica pero con dinamismo, “que los jóvenes puedan disfrutar”, dijo. Y como las más de 120 horas que tenía en rollo tuvieron que quedar resumidas a cinco, se decidió que aquél no era un documental para proyectar en el cine: quedó en tres partes, a transmitirse por TV.

Luego de eso, tuvo ya tiempo y tal vez ánimos para producir un filme más, “Aniceto” (2008), un remake de una de sus primeras películas, que se filmó “en clave de ballet”, como refiere Marco Stiletano en un texto sobre Leonardo Favio en el diario argentino La Nación.

Aquella última película fue protagonizada por Hernán Piquín, bailarín argentino que el mismo lunes le rindió su propio homenaje al director, cuando, junto a Cecilia Figueredo, realizó una de las coreografías del filme en Showmatch, programa de Marcelo Tinelli.

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