Juana Córdova, las derivas de una melancolía orgánica, material

- 25 de octubre de 2018 - 00:00
Foto: Carina Acosta / EL TELÉGRAFO

La artista cuencana, que vive hace ocho años en un sitio incierto de la Costa ecuatoriana, en la punta de un acantilado, construye su etérea obra a partir de los espacios que habita. Su trabajo se expone en la galería Más Arte.

El camino que conduce hacia la playa de Los Frailes, dentro del Parque Nacional Machalilla, está recubierto de una capa de asfalto oscura, densa. El calor de la zona provoca que aquel manto artificial se ablande y transforme en una superficie chiclosa que opera como una trampa mortal para varios tipos de especies, como las mariposas.

Los lepidópteros -que allí habitan en cantidades tan abrumadoras como diversas, sobre todo cuando ocurrió el último fenómeno de El Niño costero- posan sus patas sobre el ardiente asfalto -quizás para descansar, quizás para estar- y no vuelven a moverse más. Perfectamente erguidos con las alas extendidas, esos livianos animales mueren sobre ese camino que representa el “progreso”. 

Juana Córdova, artista cuencana radicada hace ocho años en un punto incierto de la Costa ecuatoriana, en el borde de un acantilado que está a 100 metros sobre el mar, donde escucha el golpe de las ballenas contra el agua cuando juegan o avista el sutil aleteo de múltiples especies de aves, ha hecho de su obra una extensión más del lugar donde habita.

Una almeja fósil ha sido uno de los más sublimes hallazgos de Juana a partir de sus recorridos. Ella perfora esta pieza y crea una línea temporal.

La artista recolectó las mariposas muertas que encontró cuando iba hacia Los Frailes, para luego desarmarlas y quedarse con sus alas coloridas. A estas extremidades las recubrió de una resina transparente y construyó con ellas una especie de manto que recrea un Big Bang. La muerte como la posibilidad de una nueva pero crítica vida.

Esta obra se denomina “Alas de invierno” (2017) y se exhibe en la galería Más Arte, donde Juana presenta una serie de piezas realizadas en los últimos tres años y cuyo eje reflexivo no se ha trastocado: indagar en los vestigios de vida como un camino para perder el miedo a la muerte.

Sus primeros trabajos  fueron hechos de huesos de pescado o pollo, y funcionaban como  homenaje a los animales comestibles.

Juana, con una precisión de cirujana y una vocación científica, arma nuevas estructuras a partir de esos objetos muertos –alas, huesos– y los inmortaliza, los preserva para el futuro, los protege del daño que provoca el antropocentrismo, el desarrollo. Ya nadie, ahora, los puede lastimar.

En contraposición con “Alas de invierno” se proyecta el video “Chapuletas” (2016), que registra el intenso aleteo de polillas que van dejando una estela fugaz de vida en medio de la noche.

En “Avistamiento” (2018), Juana vuelve a usar la resina para recubrir las alas de diversos tipos de aves marinas y continentales con las que convive a diario, como  fragatas, buitres, pelícanos, cigüeñas, garzas, gaviotines y gaviotas. Esas alas de colores blancos, grises, cafés y negros están suspendidas en largas hileras como si recrearan un nuevo vuelo, una nueva posibilidad de fuga.

Los tonos que emplea la artista en su propuesta son los mismos que la naturaleza le brinda. De voz liviana y mirada sobrecogedora, Juana dice, añadiendo siempre diminutivos a las palabras, que no está en contra del color.

“Siempre vas a ver el color real de la materia en mi obra. Me importa más la materialidad totalmente honesta, por eso no me gusta tanto la pintura, no me identifico. El material se vuelve simbólico, y mucho más si son vestigios de vida de esos animalitos”.

Las derivas
Juana vive en la Costa con su esposo Sebastián Malo, quien colabora en la ejecución de sus obras; es su compañero de rutas y diseñador gráfico. Rodeados de un bosque tropical nublado, viven la mitad del año en una garúa intensa, suspendidos sobre una nube blanca que bloquea el firmamento. El resto del año, el calor llega a temperaturas escandalosas.

Las caminatas de Juana son su momento para reflexionar y pensar en su trabajo, uno que se nutre de la recolección de diversos materiales que la propia naturaleza le provee. En una de sus derivas por la playa de Río Chico, Juana encontró diferentes tipos de piedras con “personalidades” únicas. A estas, sin moverlas del sitio donde las halló, las duplica dibujando su contorno, como si extrajera el alma de un ser inerte que luego será borrado por el mar. Esta serie se llama “Bipolares” (2016) y está hecha en fotografía digital.

Al frente de estas imágenes se ubica uno de los objetos más estremecedores de la muestra: un fósil de almeja gigante que aparentemente es una concha spondyllus. Hallado en otra de sus derivas,  la artista le hace un corte cilíndrico perfecto a este fósil cargado de una melancolía milenaria y lo expone sobre una base de piedra y arena rosada como testimonio del transcurrir del tiempo. 

El escritor inglés William Hazlitt, en De las excursiones a pie, decía que al viajar a lo largo de campos estériles es “incapaz de formar una idea de tierras boscosas y cultivadas. Considero entonces que todo el mundo ha de ser yermo, como la porción que de él contemplo”.

La obra de Juana revela la belleza pura que late a su alrededor, pero también testifica el debacle de la humanidad que por sus caprichosas necesidades está gestando ese “mundo yermo”.

En “Still life” (2018) construye un jardín muerto hecho con palos sobre una base de plomo que recuerda a los muñecos porfiados, unos que van y vuelven, inquietos. En “Cambio de piel” (2018) sobrepone las escamas de dos serpientes proyectando un firmamento o un ser imposible, sin cabezas; esta es una forma de dibujo expandido.

Y en “Simulador” (2018), Juana ubica una hamaca para que el espectador observe una videoinstalación que captura el recorrido de unas aves en medio de la garúa. Es una inmersión a un mundo crudo, pero todavía vital. (I)  

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: