El centro de Guayaquil nunca se queda solo

- 02 de mayo de 2018 - 00:00

Todos dicen que en las noches el centro de Guayaquil está desierto, que la zona bancaria se transforma en el pasaje de mendigos que tiran sus cartones y sábanas al suelo para dormir. No es cierto. No del todo. Después del caos de la ciudad, de las luces que caen al pie del río, con los edificios de la zona apagados, hay gente que se lanza a armar su propio teatro callejero, y aquellos que alcanzan a escapar de la jornada laboral, que cada día atiende a los empresarios del centro, arman círculos para ver y perder la noche, para evitar la siguiente escena de trabajo.

Es jueves. Son las 21:00, la iglesia San Francisco está cerrada. Los misioneros terminaron de repartir el pan a los abuelos huérfanos de familias que se sientan a esperar mañana y noche en las bancas, entre la mierda de las palomas y las esculturas del lotero y el camarógrafo, frente a la pileta. 

Una mujer ha sido golpeada porque le bromeó a un hombre con que no le pagaría un sándwich. Discutieron y él le dio un golpe en la cabeza. Llegan los paramédicos a la plaza. Los policías trepados en sus motos la convencen de que ponga una demanda en la Fiscalía. Ella se va en ambulancia y tendrá que esperar hasta el siguiente día para ver qué pasa con la justicia. Mientras, los comerciantes y chamberos que guardan su espacio en la zona  hacen círculo frente a la escena, repiten la estrategia para ver cualquier pieza de teatro callejero, pero esta vez no ríen.

De fondo suena música latinoamericana. Un hombre con un parlante a su costado se toma una banca para tocar el violín con pista. Dice que aprendió solo. Estudió en el famoso Sistema de Orquestas y Coros que fundó el maestro José Antonio Abreu, estaba en los coros, pero solo fue un tiempo, no el suficiente. Todas las tardes se sienta a tocar con el estuche de su instrumento abierto. De eso vive desde que llegó de Caracas. Ahora le toca renovar la visa Unasur para estar más tiempo en el país. La gente hace círculo para escuchar una canción de Julio Jaramillo en el violín de un hombre que lleva una camiseta de béisbol que dice Caracas. Se trata de diluir el tiempo. (O)

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