Un payaso vestido de melancolía trabaja en los buses de la capital

- 09 de julio de 2018 - 00:00

Se lo ve subir y bajar de los buses maquillado como un payaso. Con el paso cansado parece resignado a soportar un día más y quizás ya da igual si es lunes o domingo.

No son días, sino una sucesión de horas que deben pasar irremediablemente llevando todo a su paso. No hay descanso y toca hacer plata. Es la antítesis del payaso divertido, que arranca carcajadas con sus chistes, muchas veces subidos de tono.

El payaso sube despacio al bus, mira a los pasajeros que se transportan sin prestarle mucha atención y el personaje, sin fingir su voz, habla de la melancolía, de la tristeza, de sus necesidades.

Soy el payaso en esta vida, a quien Dios destinó a sufrir, pues tiene que hacer reír, aunque tenga el alma herida, dice este hombre de no menos de 70 años, que a diario trabaja en los colectivos de la ciudad vendiendo caramelos o fragmentos de este poema del dramaturgo argentino José de Maturana.

La gente lo mira extrañada, quizás sufren un choque al ver a este personaje.

Con su sonrisa fingida, tiene penas que ocultar y si el payaso pudiera hablar, y contar sus amarguras, hasta las almas más duras podrían con él llorar, termina el payaso clavando su mirada en una veintena de pasajeros.

Dice que está enfermo, que debe pagar gastos médicos, que la falta de trabajo lo obligó a tomar ese camino, que le da vergüenza molestar de esta manera a los pasajeros, pero que no le queda otra opción. Se produce un silencio dramático en el bus, como una pausa incómoda que, a pesar de durar 10 segundos, parece una hora.

Logra vender apenas 3 paquetes de caramelos a $ 0,25 cada uno y se despide con una mueca de resignación, pero deja una presencia extraña en el colectivo, como si hubiera inyectado en el ambiente melancolía, la cual es difuminada por las improvisadas rimas de un cantante de rap, quien desde su presentación arrancó más de una carcajada. (O)

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: