Hasta que llegue el día

- 04 de agosto de 2017 - 00:00

Es lindo escuchar a los políticos hablar en nombre del pueblo. El pueblo como ese abstracto unitario del cual ellos, y solo ellos, conocen sus preferencias, metas, decisiones y razones. Como mediadores entre el pueblo y el poder, cada cierto tiempo dentro del discurso, blindan su maniobra política invocando ‘al soberano’, ‘a los ecuatorianos’, ‘al pueblo’, en fin, a un intangible, tan efímero, que les permite defender lo indefendible. Es lo que es. No es endémico a nuestro política. Pero es lindo. Digo, siempre y cuando digan lo que ‘el pueblo’ quiera escuchar.

En estas realidades retóricas estamos viviendo un caos coyuntural donde cada declaración se vuelve un deus ex machina de proporciones telenovelísticas. A medida que pasan los días (como va el ciclo mediático, digamos que las horas), se va aclarando quién tiene el poder, a quién van despojando del poder y cómo va quedando el tablero para el futuro próximo de un país que se ha puesto en pausa mientras el polvo se asienta. Mientras a la interna de AP los miembros mueven sus cartas, hacen sus declaraciones, sacan su comunicados, profanan los límites impuestos por 140 caracteres, hacen entrevistas, concilian posiciones irreconciliables, queda claro que el terreno se está preparando para algo. Lo que no queda muy claro es para qué.

Por un lado, hay una pugna entre los que se tratan de distanciar de todo lo que huela a corrupción y todos aquellos abriendo el paraguas para evitar ser salpicados por ella. Es una lucha política de supervivencia. Y como tal, es una lucha a la que amontonan muchas otras realidad. Todos hablan sobre defender lo ganado, o sobre continuar con la transformación o sobre enmendar el camino que en algún momento se perdió, y bajo estos conceptos enmarcan su posición frente a la corrupción. Es decir, por defender/continuar/enmendar los últimos diez años es que adoptan su postura contra la corrupción o su defensa ante acusaciones de lo mismo.

Y como si todo fuera parte de una misma estrategia, la situación económica del país. El endeudamiento, su cálculo, su necesidad, y su irresponsabilidad. Lo que se hizo, lo que no se hizo y cuánto se pagó de más por hacerlo. Todos usando las mismas cifras, interpretándolas de acuerdo a su visión, enmarcado su posición, delimitando el terreno donde en el futuro se darán las disputas por la política económica y los ajustes que, como ha anunciado Lenín, irremediablemente llegarán. Si todo suena a caos, es porque todo es caos.

En el caos, lo que se termina perdiendo son esas preguntas que verdaderamente afectan el bienestar ‘del pueblo’ (aquí es importante recordar que no todos obtienen el bienestar de igual manera). Son preguntas que se están haciendo, pero que permanecen marginadas frente al show político. ¿Qué busca Lenín (al final, el que tendrá la última palabra) con la política económica? ¿Cambiar, ahora sí, el modelo desarrollista y extractivista de los últimos diez años? ¿Cambiar hacia dónde? ¿Ajustar el modelo actual? ¿Ajustarlo cómo? ¿Enfatizar el crecimiento? ¿Enfatizar la creación de empleo? ¿Enfatizar la disciplina fiscal? ¿Enfatizar la reducción de desigualdad? ¿Cambiar la estructura del Estado? ¿Agrandarlo? ¿Descentralizarlo? ¿Reducirlo? ¿Depurarlo? ¿Cómo? ¿Incentivar la inversión privada nacional o internacional? Porque todo esto, al final, afectará el resto del área (i.e. salud, educación, cultura, etc.), y afecta de manera diferente a los diferentes ‘pueblos’ que tanto político dice representar.

Es difícil saber en este momento si Lenín está navegando esta política para poder contestar estas preguntas, o está navegando la política porque ya tiene una respuesta a estas preguntas. Hasta que llegue el día, por lo menos tenemos la telenovela. (O)

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