Ética hasta en la sopa

- 20 de agosto de 2019 - 00:00

Cada vez que veo un noticiario o leo las páginas de un periódico, en el segmento de la política, una sensación parecida a la náusea se apodera de mí, al ver cómo se suceden episodio tras episodio de escándalos, de corrupción, de casos en los que se pone en evidencia la nula preocupación por los fondos públicos, el aprovechamiento de lo que es de otros.

Esta sensación se ha agravado en estos días, con las revelaciones del contenido de computadoras y teléfonos celulares en donde se describe detalladamente de dónde surgían las órdenes y cómo las más altas autoridades del Gobierno anterior no vacilaban en manejar las finanzas públicas como feudo personal.

Los casos de corrupción menudean, se replican y se reproducen como hongos, con la catastrófica consecuencia, no solo de perjudicar al erario nacional, sino de causar un efecto de estupor en primera instancia y luego de conducir a una especie de anomia, de no preocupación, de un encogerse de hombros por parte de una gran cantidad de población del país.

Esto que ocurre en Ecuador, parecería que es una especie de lugar común en buena parte del continente americano, como lo podemos colegir de lo que ocurre en el proceso electoral argentino, que, pese a las múltiples evidencias de corrupción del Gobierno anterior, hay fuertes presunciones de que se alzará con un nuevo triunfo en las urnas.

¿Qué pasa con las poblaciones de nuestros países? ¿No sabemos discernir los buenos comportamientos de los que no lo son? Qué bueno sería inventar una especie de “vacuna” anticorrupción, que con una o más dosis corte de raíz o más bien prevenga desde antes este terrible cáncer para las sociedades y para las democracias.

Decía hace muy poco, en una intervención ante un grupo de jóvenes maestros, que había que hablar tanto de ética, de poner ejemplos pertinentes, de describir situaciones, que era necesario “meter la ética hasta en la sopa”, como una forma descriptiva de recalcar en la importancia de este atributo y cimiento fundamental de lo que debería ser una forma común y corriente de actuar y que ahora se manifiesta más bien por la vía de la excepción.

Esa sensación de náusea se incrementa con la presencia en las redes sociales, que tan importantes se han vuelto, de los ataques furibundos, de la no discriminación entre lo que es relevante de lo que no lo es. Por ello sentimos que es cada vez más necesario abundar en los ejemplos positivos, en los comportamientos probos y en el castigo y la sanción de los corruptos. (O)

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