El aquelarre de las brujas norandinas

- 12 de diciembre de 2019 - 00:00

En las rodillas del abuelo Juan José Mejía oíamos los relatos de Pedro de Urdemalas que, luego supe, era una obra de Miguel de Cervantes llegada oralmente a la sierra norte de Ecuador. Nos narraba ese otro prodigio que es Las Mil y una Noches, lleno de caballos voladores, de genios encerrados en botellas, de Sherezade.

Pero las leyendas favoritas giraban en torno a las brujas voladoras del triángulo de Mira-Pimampiro-Urcuquí, que vestían trajes blanquísimos y eran hermosas como las nacientes aguas del Paraíso. Además, volaban sin escoba y con una fórmula mágica. De esas voces de mis mayores comparto en formato de microleyenda:

Las brujas norandinas se encontraban en la profundidad del bosque, cantando en torno a una inmensa hoguera: ¡Lunes y martes y miércoles tres!, mientras levantaban las enaguas y repetían el estribillo. Un jorobado, que andaba perdido, dio con ese aquelarre. Se quedó atónito, hipnotizado por el baile en círculo de las mujeres de voces de plata. Esa magia lo subyugó y con voz potente, siguiendo el ritmo, cantó: ¡Jueves y viernes y sábado seis!, repitiendo entre palmadas sonoras.

Las brujas se detuvieron en el aire, con sus cabelleras lustrosas. ¿Quién dijo eso?, exclamó una. En un instante, el jorobado estaba rodeado con antorchas. Ante su asombro escuchó: “Por haber mejorado nuestra canción te quitamos tu giba y te entregamos esta bolsa de oro”. Después, con un giro ascendente, desaparecieron.

El ahora espigado joven apareció en su pueblo y no tardó en contar lo sucedido. El avaro del poblado escuchó el relato y se procuró indagar sobre el sitio. Tras varios días arduos llegó y se puso en el mismo lugar a escuchar la envolvente melodía. En el clímax del coro hechizado reventó la noche con voz grave: ¡Domingo siete! ¡Domingo siete!, sin saber que es un número de mal agüero. Al punto, se encontró en un desierto con la joroba de su antecesor, su ropa en harapos y los bolsillos vacíos. (O)

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