Somos una sociedad de extremos: nos gusta todo o no nos gusta nada. Estamos adiestrados para ser felices con poco o simplemente nada nos hace felices, vamos como entrenados para comunicarnos insatisfechos, con mal sabor de boca, con un gesto de fastidio.
Hemos desarrollado la capacidad de chistarlo todo con la lengua como programados para quejarnos sin dolor y ‘porque ya, porque sí’ de las cosas, como si fuese un hobbie andar ‘entucado’, una tendencia vivir con malestar, para ser más claro, nunca entenderé cómo es que en un segundo están odiando el nuevo afiche del Mundial de Rusia y al otro están bailando muertos de risa y hasta abajo ‘El caballito de palo’. ¿Qué nos hizo así?
Tenemos más disgustos adquiridos que gustos condicionados. No nos andamos por las ramas cuando se trata de los extremos, la ortografía nos delata, somos cultos in extremis, ratones de Wikipedia, aguerridos correctores aficionados miembros de la logia de Machado o simplemente escribimos como hablamos sin mayor reparo, pensando que antes de p y b se escribe con pluma, queriendo tildar todas las palabras graves como si estuvieran enfermas, creemos que los palíndromos son una medida de relación sexual, sintiendo que el hiato de la fonología es una inflamación del oído medio digna de un ‘otorrinolaringuinguiringóngolo’ y que la h no es muda si no paracaidista en la fiesta de las palabras.
Pero, ¿qué podemos pensar de la Real Academia de la Lengua Española cuando conforme pasan los años va cediendo espacio para futura terminología atrasa-pueblos con piel de coloquios modernos?
Hoy en día se acepta y con agrado el uso al castellano de órsay (offside), bluyín, tunear, baipás, espray, esmog, jipismo y güisqui; y ya causa terribles anemias ideológicas y hemorragias de bilis ortográficas acompañadas de calambres visuales el ingreso con beneplácito a nuestro idioma de atroces abominaciones, como almóndiga, haiga, murciégalo, toballa y uebos, o sea, estimados miembros, se rindieron haciendo gala de la carencia de lo último.
Y como si la entidad reguladora del idioma considerado más hermoso por algunos fuera una extensión de los deseos urbanos y poperos adolescentes, se abre el telón gramatical para presentar en sociedad a ‘amigovio’: fusión de amigo y novio, persona que mantiene con otra una relación de menor compromiso formal que un noviazgo. Como si el castellano fuera la lengua de Servando y no de Cervantes.
Por último, como en un mal sueño en el que el cantante denominado El General fuese el procurador de la cultura del idioma, ahora también se acepta ‘papichulo’: hombre que, por su atractivo físico, es objeto de deseo.
Academia, mejor ¡cierra y vámonos!… y de paso cámbiale el nombre al español por el funkete.
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