¡Panas!, aprender más sobre Minecraft es importante
¿Esperaban que hoy me valga de mis conocimientos en relaciones internacionales para hablar de aranceles, Groenlandia o Venezuela? Pues ¡ja!, hoy seguimos con mi crisis de mediana edad y hablaremos sobre uno de los videojuegos más impactantes del planeta: Minecraft. Ah, y les prometo que no se arrepentirán.
Hace unos días “terminé” este juegazo por primera vez y me encontré con la pieza literaria más inesperada y sorprendente de mi vida. Voy por partes.
Minecraft fue lanzado en 2011 y es el juego más vendido que existe —con ni más ni menos que 300 millones de copias—. Es un mundo abierto de generación procedimental donde construyen y sobreviven con objetivos autoimpuestos. Su impacto llega hasta el ámbito educativo, usado en escuelas para enseñar programación, educación ambiental, planificación urbana y, sobre todo, fomentar la creatividad.
El juego se siente infinito, y llegar al cierre no es lo común —lo termina el 10 % de gamers—. Yo lo hice grabando ocho episodios, que nunca se los mostraré a mis panas y los negaré hasta la muerte si los encuentran. El camino, básicamente, fue:
Porque sí, después del dragón viene algo brutal. El “End Poem”. Creado por el escritor irlandés Julian Gough, es una auténtica obra de arte. Un texto onírico y metafísico que, a manera de reflexión y autoaprendizaje, rompe la “cuarta pared” y nos invita a reflexionar sobre nuestro camino, al que llamamos vida.
No les aburro más, acá unas micro citas:
“Y el universo dijo Te amo.
Y el universo dijo que jugaste bien al juego.
Y el universo dijo que lo único que necesitas está en ti.
[…]
Y el universo dijo que la luz que buscas está en ti.
Y el universo dijo que tú no estás solo.
[…]
Y el universo dijo que tú eres el universo probándose a sí mismo, hablándose a sí mismo, leyendo su propio código.
[…]
Y el juego se terminó, y el jugador despertó del sueño. Y el jugador empezó un nuevo sueño. Y el jugador soñó otra vez, soñó mejor. […]
Tú eres el jugador.
Despierta”.
Panas, para que vean lo que juegan sus hijos. Un recordatorio de que la belleza puede esconderse donde menos la esperamos y, cuando aparece así, es de verdad… arte.
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