Mi Ecuador del alma
Me dicen que soy ecuatoriano, así también dicen mis papeles, pero eso no significa nada para mí. No es que no tenga afecto por el espacio donde nací, o por mi familia. Nací en una tierra hermosa y bendecida, pero desde chico me dijeron que lo de afuera era mejor. Crecí deseando ser de otro lado porque sabía que nosotros no éramos nada y que lo mejor era no parecerse a uno mismo.
Con el tiempo superé esos complejos impuestos y reproducidos por la pequeñez mental de varios conciudadanos, incluyendo familiares y vecinos, y traté de ver el mundo con mis propios ojos. Vi desigualdad y una pobreza lacerante. Los ricos tienen la virtud de ser ricos, pero deberían sentir vergüenza de serlo en un país tan lleno de pobres, sobre todo porque este país fue hecho por los ricos sobre la base de ideas ligadas a la libertad, a la república, a la autonomía, a la modernidad.
Los padres de la patria deben estar revolcándose en sus tumbas, al ver a la burguesía nacional, sus herederos directos, sin una responsabilidad clara en el mantenimiento del proyecto nacional-estatal. Y no, no se trata solo de la evasión fiscal, ni de disputarse a dentelladas el Estado, como un botín político. Se trata de un fin mayor, la construcción de una sociedad libre, de la que todos hablan, pero a la que nadie entiende. Así, quieren imponer su visión de las cosas a la buena o a la mala.
La pedagogía política que de ello se desprende es nefasta para la idea de la democracia, cuya historia compleja y caótica ha experimentado crueles momentos dictatoriales a pesar de que algunos hayan sido levantados sobre la idea de retomar la sociedad patriótica, y reconstruir el proyecto nacional-estatal. De ahí vienen los caudillos autoritarios.
Tenemos un Estado a medias, que genera una democracia a medias, un catoblepas bicéfalo, que ha subdesarrollado todo su cuerpo en una estructura hiper centralista y sobre concentrada que solo ha beneficiado al poder de las élites tradicionales, conectadas en este punto, con los mismos intereses transnacionales de la colonia.
Pienso en mi futuro y no lo veo aquí. La principal responsabilidad de un proyecto nacional estatal es generar un imaginario de futuro. Sin futuro somos legítimamente apátridas.
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