El trabajo dignifica...incluso a los asambleístas
En un país donde el trabajo se celebra más con feriados que con esfuerzo, el presidente de la Asamblea Nacional, Niels Olsen, ha cometido una osadía histórica: exigir que los asambleístas trabajen. Sí, leyó bien: trabajar, asistir puntualmente, cumplir horarios, como si fueran ciudadanos comunes.
Muchos se han escandalizado con estas medidas. ¿Cómo es posible que se multe a un padre de la patria por llegar tarde? ¿Acaso no es su deber llegar tarde, salir antes y votar por Zoom desde una playa? ¿Qué vendrá luego? ¿Que lean los proyectos de ley antes de aprobarlos? ¿Que se preparen antes de hablar? ¿Que legislen con responsabilidad? La república tiembla ante semejante amenaza de cordura.
Pero Olsen ha sido firme: ha establecido sanciones por ausencias injustificadas y ha dejado claro que ser legislador no es sinónimo de ser un holgazán con fuero. Y esto, en el Ecuador, es un acto de rebelión institucional. Aristóteles lo apuntaba: “Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”.
Lástima que muchos legisladores prefieran darle la espalda a la eficiencia y optar por el hábito de la mediocridad: la repetición del show político, el megáfono insolente, el maquillaje en la curul y el bostezo como bandera.
Olsen, con cara de seminarista en retiro espiritual, ha puesto a la Asamblea a producir, y eso ya es un avance, porque durante años hemos visto desfilar legislaturas donde la única ley que se respetaba era la del mínimo esfuerzo. Esta pequeña sacudida disciplinaria parece más bien un meteorito que fulmina la rutina del Legislativo.
A propósito, George Orwell escribe con precisión que incomoda: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. La frase se ajusta como guante a ciertos legisladores quejosos e indignados porque les piden llegar a tiempo para sesionar.
Justamente por ello, viene a cuento aquella máxima de Fernando Savater sobre la deliberación ética que se impone porque somos mortales: “Si fuésemos inmortales, podríamos hacer lo que nos diese la gana”, puntería del español que no perdona ni al cielo.
En el ejercicio del poder, la ética no es una opción, es una urgencia. Olsen no ha inventado la pólvora, pero en una Asamblea donde el ocio era la ley, exigir puntualidad es verdaderamente insólito. Así que tiemblen los vagos, que se escondan los impuntuales.
La Asamblea se enrumba y aprueba la Ley de Solidaridad Nacional, sin fiebre y en sábado por la noche. Esperemos que la escoba nueva siga barriendo bien…
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