La pista vibra en el bar gay más popular de la capital de China

- 10 de febrero de 2019 - 00:00
Los bailarines danzan en una tarima por las noches en el bar, discoteca y centro cultural Destination, el cual tiene como público principal a los hombres.
Fotos: Jimmy Tapia / EL TELÉGRAFO

Un piso como cama elástica, stripers y reuniones de minorías sexuales muestran las transformaciones en el Gigante Asiático. Destination es un punto de encuentro donde los jóvenes se divierten danzando y también educándose.

Las noches son frías en Pekín en los últimos meses del año. Las personas caminan por las calles con las manos en los bolsillos, con guantes y abrigos gruesos.

A pesar del clima, en el centro de la capital de China, centenares de jóvenes salen y  hacen fila en una calle donde las sombras se marcan más en las paredes.

Cuatro guardias se reparten para cachear a los caballeros que llegan hasta la garita. Tras el pago de $ 15 dejan ingresar al cerramiento que alberga a un edificio gris de tres pisos.

Un sello en la muñeca y una cartilla son el pasaporte a Destination, el bar gay más popular del Gigante Asiático.

A las 22:00 posan y se retratan junto a un póster, tamaño real, de asiáticos musculosos y en ropa interior blanca (que luego verán adentro).

A cuatro grados de temperatura, beben cervezas y fuman en la especie de patio en espera de más gente.

El clima cambia en el interior. No está encendida la calefacción, pero el calor que generan las personas que ya están adentro permite dejar las chaquetas a un encargado.

En la antesala, mujeres y hombres, como parte de una campaña, ofrecen exámenes  gratuitos para detectar el VIH y regalan preservativos a quienes acceden.

La educación forma parte de este bar-discoteca que, más que eso, tiende a centro cultural.  En la parte alta de la construcción existe una galería donde se realizan exposiciones a la luz del día. Otras semanas hay charlas educativas y médicas.

En cambio, la noche es el punto de encuentro para relajarse. La planta es escogida por los visitantes de acuerdo con su estado de ánimo.

Luces púrpuras y música rítmica a bajo volumen predominan en las múltiples salas del último piso.

Los jóvenes, en grupos, hablan bajo y sentados alrededor de una mesa de centro toman tragos fuertes y cocteles. Hacen apuestas con dados y el que pierde bebe.

Pero permanecen en los sofás con sus celulares, sin acercarse ni cruzar miradas con los extraños. No hay ropas extravagantes.

Al final de un largo pasillo está un baño con la mitad del ícono de un hombre pegado con la otra mitad del de una mujer. Ambos sexos ingresan al mismo tiempo. Adentro hay urinarios para ellos y retretes para ellas. Un celador entra, sale, limpia y controla.

Abajo, en la planta inferior, la música electrónica retumba y las ondas hacen vibrar el pecho. Hay que hablar al oído para ser escuchado.

Las filas para comprar cerveza se alargan y hay que abrirse con las manos para pasar entre la multitud.

Los jóvenes chinos -que suman el 99% de los asistentes- se menean en una grada de dos escalones y mueven las manos desde lo alto.

En cambio, frente a un tubo metálico, uno da vuelta como en el pole dance y otro, cual competencia, alterna con pasos complejos.

En la pista central, atiborrada de bailarines, la gente salta. En ese instante, el piso se hunde y luego impulsa a la gente hacia arriba.

El suelo de Destination se vuelve una suerte de cama elástica, que se “mueve” al ritmo de la gente.

Los más alcoholizados salen de la pista por un rato para recuperarse del mareo.

La gente a las 00:00 corre  a la pista central tras el paso del hombre con letrero blanco y letras fluorescente. En caracteres reza: el show va a comenzar.

A la tarima saltan cuatro chicos musculosos de los póster. En ropa interior y con cintas en el cuerpo bailan. Gritos, barras y flashes de celulares se combinan con un salón rojo. Los espectadores no irrumpen.

Súbitamente se apagan las luces. Parece que el espectáculo ha terminado. Pero no. Al otro extremo del salón, para los que estaban atrás, hay otra tarima. Sobre ella, una cabina de baño traslúcida. Dentro de ellas dos fornidos bailarines danzan mientras se dan una ducha.

Tras pocos minutos estas presentaciones se acaban.

Y vuelve la música, y los veinteañeros no dejan de saltar. Si tocan a un desconocido por accidente, regalan una sonrisa como disculpas.

A las 04:00 se prenden las luces y la fiesta acaba. Todos se retiran en paz. (I)  

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