Los parientes de suicidas hallan paz en un grupo

- 27 de febrero de 2019 - 00:00

Ana, Lucía, María, Luis y Macarena se reúnen cada 15 días, a las 16:00, en el sector  la Villaflora, en el centro-sur de Quito.

Ingresan a una oficina.  Allí se sientan alrededor de una mesa, en la que están servidos galletas y vasos con bebidas gaseosas.

En el lugar dialogan con María Eugenia Yumiceba, psicóloga y experta en manejo de duelo.

En el Centro de Apoyo al Duelo comparten su dolor y hablan sobre cómo sobrevivir a la pérdida de un hijo por suicidio u otro evento.

Ana es la primera en intervenir. Su vástago, de 22 años, se quitó la vida en 2014. Su hermana, que estaba embarazada, lo encontró. “Una no está preparada para este tipo de vivencias”.

Su mirada se pierde en un punto fijo de la sala cuando habla de la pérdida.

“Mi mundo se desbarató, perdí el piso de mi vida, he intentado  suicidarme en varias ocasiones”, confiesa.

Su hijo cursaba la carrera de  psicología y en marzo tomó la fatal decisión. Ella aún no tiene certeza de las causas.

Desde aquel acontecimiento asiste a la terapia. La primera vez estuvo acompañada de su esposo y su hija.

“No podía entender mi dolor, pero tras escuchar a las otras familias me di cuenta de que nos ocurría lo mismo”.

El encuentro
La interacción con otros  permitió que recuperara las ganas de vivir. “Fue el aire que necesitaba para salir adelante. Mi familia se admira de que aún esté aquí”.

Luego de una pausa, inicia la conversación Lucía, cuyo hijo se mató hace cinco años. Ella especula que el detonante de la desgracia fue el acoso académico de una maestra. La progenitora no comprende el por qué partió. 

Tras el hecho, asistió a terapias; no obstante, su médico tratante desistió de continuar. Pero hace cuatro años participa activamente en el colectivo no gubernamental.

En este espacio expuso, por primera vez, de forma pública su dolor y se percató de que había otras madres que sentían lo mismo. “Pudimos hablar y nadie nos juzgó”.

Ahora tiene la fortaleza para dar testimonio de la muerte de su consanguíneo en talleres universitarios, en colegios y otros eventos relacionados al asunto.

Una de las experiencias impactantes -recuerda- ocurrió en un colegio del país. Al terminar su exposición sobre el suicidio, una chica de 15 años se le acercó y le dijo que luego de escucharla decidió no matarse.

La adolescente comentó a Lucía que a través de su dolor asimiló que si se quitaba la vida, su madre sufriría. La menor había atentado contra su vida en seis ocasiones.

Por estas experiencias, los integrantes de este grupo de la sociedad civil sugieren a las autoridades que incluyan a los parientes del suicida en sus programas estatales de ayuda y de contingencia emocional.

Aseguran que les hubiese gustado participar en la elaboración del Plan Interinstitucional de Prevención del Suicidio con Enfoque en Adolescentes, creado por el Ministerio de Salud Pública (MSP).

“Queremos que nos tomen en cuenta. Nuestros testimonios pueden salvar vidas; este es un claro ejemplo”, añade Luis, quien perdió a su hijo en un accidente de auto.

Grupos de apoyo
María Yumiceba, jefa del centro, y sus pacientes trabajan en la creación jurídica del espacio.

El objetivo es ampliarlo y atender a más personas que requieran apoyo durante su período de dolor.

Yumiceba considera que tanto los allegados de quien se quiso matar como la persona que lo intentó son sobrevivientes.

En ese sentido, la psicóloga plantea que el acompañamiento es fundamental, puesto que en el ámbito social es visualizado como algo negativo.

“Debemos crear lugares donde se pueda hablar del tema y generar empatía para sobreponerse”.

El 60% de parejas que tuvo un hijo suicida se separa. “Hay sentimientos de culpa. Esto ocurre cuando el proceso de duelo no es bien acompañado”, recalca.   

La necesidad de hablar
Cristina Blanco, profesora de sociología de la Universidad del País Vasco y fundadora de la Asociación de Personas Afectadas por el Suicidio, aconseja hablar sobre el tema.

En el ámbito de la suicidiología -explica la experta-  los supervivientes son las personas que no concretaron sus tentativas y las que perdieron a alguien.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) propone  la incorporación de grupos de autoayuda.

La pérdida de un pariente de esa forma tiene elementos emocionales que hacen más intenso el dolor.

“El superviviente enfrenta sentimientos de responsabilidad, rechazo, estigmatización, vergüenza y abandono”. 

Por ello, sufren por la poca posibilidad de expresar lo que experimentan en su interior. “El silencio alrededor es tremendo porque, socialmente, no se permite conversar de ese tipo de muerte”.

Por ejemplo, cuando una persona fallece por accidentes de tránsito o por cáncer se impulsan campañas de prevención, pero en el caso de quienes se quitan la vida nadie manifiesta nada.

“Parece que pesa más la forma de la muerte, que la manera en que vivió esa persona. Actualmente, en la sociedad se origina el doble de muertes por suicidio que por accidentes de autos; sin embargo, no existen planes nacionales para atender a los parientes”.

La posvención (apoyo para los consanguíneos) tiene como objetivo mitigar las secuelas psicológicas de las víctimas.

“Existe desatención. Hay que atender a los supervivientes”, expresa la académica.

Situación en Ecuador
Según las estadísticas del Ministerio de Salud Pública, dos hombres y una mujer se quitan la vida diariamente en el Ecuador. 

La entidad reporta que en el año 2017 se autoeliminaron 1.205 personas.

Las mujeres de entre 19 y 29 años tienden más al autoatentado; en el caso de los hombres, las edades fluctúan  entre 20 y 39. 

En ese año, 957 hombres  y 248 mujeres se mataron. El grupo etario de los adultos jóvenes predomina en dicha estadística.

El monto invertido por la cartera de Estado en el tratamiento de intentos de suicidio asciende a $ 5’215.590.

En los últimos siete años  la tasa promedio de quienes atentan contra su vida es de 8,4 sucesos por cada 100.000 habitantes.

Para Lorena Campo, Ph.D en  psicología y psiquiatría, desde 1990 este tipo de hechos aumentaron el 2,8% en los hombres de 15 y 19 años, mientras que en las mujeres disminuyó el 0,87%.

La experta observa, en relación a la estrategia de prevención con enfoque en adolescentes, que en el documento no se encuentra incluido un segmento de población: la familia o allegados del suicida.

Las cifras internacionales estiman que por cada suicidio 20 personas quedan afectadas.

“Ellos no reciben atención”, enfatiza la docente de la Universidad Politécnica Salesiana de Quito. (I) 

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