Mónica Riofrío Briceño. Oceanógrafa / Trabaja en el Instituto Antártico Ecuatoriano (INAE) desde su creación

Una niña errante que encontró en las ciencias marítimas su profesión

- 08 de septiembre de 2019 - 00:00
Mónica Riofrío no fue docente, pero instruye a colegas y técnicos para agilizar el proceso de trabajo en el Instituto Antártico Ecuatoriano.
Foto: Silvia Murillo / El Telégrafo

Ha participado en cuatro expediciones al Continente Blanco. Fue quien desarrolló el Manual del Sistema del Tratado Antártico. Quiso ser ingeniera agrónoma y también docente, pero el destino la enrumbó hacia los océanos.

Mónica Riofrío Briceño, de 52 años, considera que en su niñez fue un poco “errante” debido a los cambios de domicilio que debía hacer con su familia para mejorar sus condiciones de vida.

Vivió en el centro de Guayaquil, en Leonidas Plaza y Ayacucho, en una vecindad con otras familias, en cuartos pequeños, pero recuerda que para ella era algo majestuoso. Sin embargo, como habitaban en la parte alta, su madre se preocupaba.

Luego sus ojos de niña se maravillaron cuando se cambiaron de casa y se asentaron en la 29 y la G, en el suburbio guayaquileño, cerca al Estero Salado. “Allí pescábamos con mis hermanos y nos bañábamos; era una época muy agradable porque el estero aún estaba limpio”.

Su niñez y adolescencia se desarrolló en este sector, pero en 1985 tuvieron que mudarse, pues iban a rellenar el estero. Entonces se radicó con su familia en la cooperativa Juan Montalvo, en el km 8,5 de la vía a Daule.

Allá llevó sus recuerdos de las escuelas por las que transitó, como la San Vicente N° 53, Rosa Borja de Izquierdo, donde fue abanderada del Pabellón Nacional, pero concluyó sus estudios en Fe y Alegría, donde fue escolta.

Mientras que la secundaria la hizo en el Rita Lecumberri, donde escogió la especialidad de Humanidades Modernas (Físico-Matemático). “Aunque de corazón hubiese querido estudiar para ser profesora, sin embargo la orientación de esos años no era bien dirigida”.

Sus excelentes promedios, tanto en la primaria como la secundaria, la llevaron a la Escuela Politécnica del Litoral (Espol). “Me hubiera gustado ser ingeniera agrónoma; quise obtener una beca para el Zamorano, pero a la vez estudiaba el prepolitécnico, entonces era lo que salía primero y me aprobaron en la Politécnica”.

Allí estudió un básico de Ingeniería en general y cuando terminó los tres niveles tocaba escoger la carrera final. Entonces visitó Geología, Eléctrica. “Y de ahí me fui al área de marítima, donde me decían que eran carreras solo para hombres”.

Pero fue justamente allí donde le pintaron un panorama que era lo que andaba buscando, pues necesitaba estudiar y obtener ingresos, hacer trabajos de laboratorio y salir al campo a realizar muestreos. “Por esa armonía que da la naturaleza y el contacto con las personas, decidí estudiar Oceanografía”.

Culminó su carrera en 2004. Entonces trabajó como ayudante de actividades varias en la misma universidad. “Así tenía dinerito para mis gastos personales; no podía hacer que mis padres gastaran por mí porque tenía otros hermanos menores”.

Su contacto con el mar

En ese ir y venir, entre estudios y trabajo, y la búsqueda de una actividad laboral que estuviera acorde a sus expectativas y a lo que estudió, en la Armada Nacional le ofrecieron dar cursos de hidrografía para ascensos de militares de tropa.

“Era para mi un reto, había una lucha en mi corazón; me gustaba dar clases. Siempre mi espíritu era ofrecer mis servicios de una manera total. Entonces conocí al comandante Hernán Moreano Andrade, quien estaba en servicio pasivo, y de ahí me llamaron para que les ayude a hacer un libro base: el Manual del Sistema del Trabajo Antártico”.

“Conocí por primera vez estas instalaciones, antes estas oficinas estaban en el Instituto Oceanográfico de la Armada (Inocar). Éramos solo cinco personas y yo la primera en el área técnica”.

En poco tiempo participó en la primera reunión en un Congreso Latinoamericano de Ciencias Antárticas que se efectuó en Chile, en marzo de 2006. “Él quería fomentarnos el espíritu de la investigación antártica haciéndonos ver la realidad de un congreso o lo que había delante de ellos; eso hizo que esas personas regresaran a Ecuador y puedan rendir frutos en la parte de difusión y proyectos de investigación”.

Su primer viaje a la Antártida como delegada de Ecuador por parte del INAE fue cuando en la expedición XI al Refugio República de Ecuador en la Punta Hennequin de la isla Rey Jorge, en el interior de la isla Almirantazgo. Se trata de un contenedor de 20 pies, en cuyo interior hay las cosas necesarias para las personas que se encuentren en peligro realizando actividades científicas.

Su siguiente travesía hacia la Antártida fue entre 2006-2007, en la expedición XII; repitió esta experiencia en 2008-2009, con la expedición XIII y en 2015-2016, en la expedición XX.

Uno de los tantos trabajos de recolección de muestra y de investigación que recuerda fue el avance o retroceso del glaciar Quito que constantemente es monitoreado y “es un macroindicador del cambio climático a nivel global”.

La primera vez que fue a la Antártida hizo trasbordo en helicóptero desde Machu Picchu hasta la Base Frey, el aeropuerto antártico de los chilenos.

“Uno llega y va a invadir, por dos meses, el hábitat de los animales que allí habitan. Uno va a trastocar su vida; hay aves con comportamiento hostil con nosotros y si uno se acerca mucho a sus nidos se ponen muy agresivas. Entonces uno termina relacionándose bien con ellos sin afectarlos”.

Asimismo, recuerda que uno de los proyectos en los que apoyó fue el monitoreo de caudales que se forman por deshielo del glaciar. “Se monitorea para controlar los volúmenes por segundo que se deshielan y resgistrábamos esa información para la posterior difusión en nuestras revistas y para los medios de comunicación interesados en el tema”.

Mónica Riofrío reconoce que ha tenido el privilegio de ver un entorno global de cosas que fomentan la investigación, además de viajar por mares turbulentos en enormes barcos. (I)

Mónica RiofríoLa oceanógrafa en los alrededores de la estación ecuatoriana Pedro Vicente Maldonado, en la Antártida, en la XII expedición. Foto: Cortesía Mónica Riofrío.

Detalles
Cuando terminó la universidad ingresó al curso de resistencia del Ejército porque le gustaba “la instrucción y rectitud” de la institución militar.

4 hermanos tiene la oceanógrafa guayaquileña, hija de mamá lojana y papá orense. Su estatura es de 1,55 metros.

Quiere seguir aportando al INAE a través de capacitaciones y perfeccionar el dominio del idioma inglés.

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