Sororidad

Machismo en la academia

- 29 de marzo de 2020 - 00:00
Ciertos espacios son considerados solo para hombres, por eso si la mujer incursiona en alguno de ellos es víctima de agresiones, burlas y descalificaciones.
Foto: Archivo / El Telégrafo

A las alumnas se les cuestiona el despertar de su vida sexual. Si son objeto de violencia, hay docentes que lo justifican con charlas misóginas o las cosifican. Otros las hacen sentir de segunda categoría frente a los hombres.

Es importante entender que el machismo abarca varias ramificaciones, y una de ellas está dentro de nuestras instituciones académicas.

Somos víctimas del machismo en la escuela donde no nos permitían jugar fútbol con la justificación de que era un deporte para varones. En el colegio, donde a los niños les prohíben tener el cabello largo y los obligan a hacer deportes por las posibilidades de cambiar su orientación sexual, o a las niñas llevar la falda muy corta para que no sean provocativas.

En mi caso, “en el colegio Jefferson, de Salinas”, me pusieron un 12 en conducta por no estar peinada y arreglada para mi clase de las 7:15 de la mañana. Y sí, créanlo o no, estas son conductas que nos imponen, condicionamientos para el comportamiento.

Esta imposición la puedo ejemplificar de una manera más cruda “en el Logos, colegio prestigioso de Guayaquil”.

Hace unos años llevaron a un conferencista que dijo que los hombres son bolsas de hormonas incontrolables y sin esperanzas. Entonces, explicaba el orador, el rol de las mujeres es controlarlos y ayudarlos.

Después, comparó a la mujer con el vino y dijo que más valor tenía un vino de calidad y no esos vinos baratos de cartón que la gente se toma rápidamente. Esto repugna, pone los pelos de punta.

Quiero creer que las personas a cargo de la educación no evalúan en su real dimensión el poder que tienen sobre los estudiantes de escuela o colegio, quienes aún están formando su criterio y siguen absorbiendo todo a su alrededor.

Esta educación es importante de deconstruir porque es educar en base a una cultura de violación. A mí, mujer joven, estudiante universitaria, me costó deconstruirme de situaciones que creía normales porque “así me lo enseñaron en el colegio”.

Y esto lo ejemplifico con la educación sexual que recibí: asimismo “en el Jefferson de Salinas” nos pusieron un video que explicaba por qué las mujeres no podíamos sentir placer.

En el colegio se nos juzgaba y castigaba a nosotras las mujeres por tener una vida sexual activa. “En el caso de una amiga que estaba en el Liceo los Andes”, cuando su vida sexual se hizo pública, la directora optó por llamar a su mamá para contarle sobre “la nueva situación de su hija”.

O, “el caso del CEBI”, que organizó una charla sobre “relaciones entre alumnos” dirigida solo a las mujeres con la explicación de que si los hombres se acercaban las mujeres debíamos encargarnos de hacerlos para atrás.

Los hombres del salón nunca recibieron ningún tipo de charla respecto al acoso. Se culpabiliza a la mujer por sentir deseo sexual o por ser sexualmente activa.

En palabras de mi queridísima María Gabriela Pabón, creadora de la Guía Violeta para la redacción de noticias sobre violencia de género, por tener una vida sexual activa las mujeres rompen las normas de moralidad reservadas para ellas por la cultura patriarcal.

Deben saber (las mujeres) que los hombres y la sociedad tienen permiso para acceder a ellas, hacer públicas sus intimidades y humillarlas. Si ellos lo hacen están disculpados.

El machismo es algo que está en cualquier esquina y en cualquiera de nosotros. Nunca para. Ni si quiera se detiene en la universidad, institución donde los profesores establecen desde un principio una relación de poder hacia sus estudiantes mujeres.

Amigas y compañeras me cuentan “cómo recibían comentarios de profesores en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil” en los que decían que las mujeres “vienen a buscar marido”. Y, con esa razón, se les invalidaban sus comentarios y argumentos durante la participación en clase.

Algunos profesores también hacen comentarios imprudentes sobre el cuerpo de las estudiantes en frente de sus compañeros o de otros profesores. Y estos comentarios no son cumplidos, no son piropos, son acoso.

La pelea que tengo con mis amigos hombres es siempre por estos comentarios, peor si son públicos, porque llevan a una normalización de trato y como consecuencia conducen a que todo el entorno en el que se emitió el comentario lo replique.

Más allá de conductas directas hacia mujeres, el contenido de las clases está también impregnado de cultura de violación. “En una de mis clases en la Universidad Casa Grande”, un profesor justificó las violaciones y el femicidio comparándonos a nosotras con un celular nuevo: el “deseo de querer algo”.

Explicando desde su interpretación una teoría y tomándola y dictándola como verdad absoluta: “las mujeres somos histéricas, diversas, cambiantes, no se nos puede definir”.

Me pregunto si el hombre que escribió esa teoría a principios del siglo 20 en algún momento se dio cuenta de que él no era una mujer y por eso no puede definirnos, porque no está en nuestra piel.

Es difícil entender que la moral, lo ético, lo correcto de una mujer venga desde el comportamiento deseado de los hombres hacia este “segundo sexo”.  

La academia es mayoritariamente machista y repugnante. Duele cómo lo internalizamos, naturalizamos y replicamos.

Siete años después de graduarme del colegio descubrí que yo también puedo sentir placer, que mi vida sexual no es razón de vergüenza y que tengo todo en mí para reclamar cuando un profesor me violenta tocándome, sin sentir miedo por lo poderoso y admirado que sea él.

Tenemos que entender que el machismo es violento siempre. Sus prácticas, conductas y comportamientos son violentos. Es una herramienta de opresión, censura, humillación tratarnos a las mujeres como ciudadanas de segunda clase.

Es lamentable, pero la academia nunca fue un lugar seguro. La academia es uno de los principales responsables de haber normalizado y continuado con el ciclo de violencia de la cultura de violación. (O)

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