Digresiones sobre el humor en tiempos de cautiverio

Una breve revisión de episodios y lecturas sobre el humor, que tanta falta hace en tiempos de confinamiento. Recuerdos sobre libros dulces que ayudaron a sobrevivir, inclusive a los diabéticos.
12 de abril de 2020 00:00

Desde que tengo uso de razón el humor (político) ha tenido sus desencuentros con el poder. La historia recuerda episodios en los cuales la ironía, el sarcasmo y el chiste fueron catalogados como ofensas, blasfemias y delitos contra la autoridad. Antes era lucha entre poder y la pluma (plumilla); hoy es entre el poder y el meme (mezcla de foto, dibujo electrónico y chispa). Breve revisión de unos libros “emblemáticos” y otras ocurrencias.

Jardiel Poncela

Recuerdo los deliciosos libros de Jardiel Poncela, aquilatado escritor y humorista español, quien se burló de medio mundo e hizo reír a varias generaciones.

¿Se acuerdan de Amor se escribe con hache, ¡Espérame en Siberia, vida mía! y La “tournee” de Dios, para citar solo tres? Irreverente, burlesco, original, Jardiel Poncela marcó a más de una generación, con novelitas llenas de gracejo, oportunismo y fino humor que contentó a la mayoría y amargó a pocos –también lectores- que le declararon libertino. Pero de ahí no pasó. Mejor dicho, pasó mucha agua debajo del puente y se vendieron millones de ejemplares.

Poncela –un machista empedernido– decía: “La mujer habla; el hombre piensa”. O “Cuando más se habla, menos se piensa”. Otra broma con dejo de erotismo expresaba: “La silueta de una mujer delata su historia”. Y así por el estilo.

Rius y Quino

Algo parecido sucedió con otro humorista de cepa: el mexicano Eduardo del Río García, más conocido como Rius, a quien le sigo y conservo sus producciones. Sus dibujos han aparecido en casi todos los periódicos y revistas de México, y es autor de libros sabrosos, como Pequeño Rius ilustrado, Cuba para principiantes, Cristo de carne y hueso, No consulte a su médico, Historia rapidísima de España, El mundo del “fin” del mundo, Osama, tío Sam, y más.

Sería, asimismo, imperdonable no referirse a Quino

Joaquín Salvador Lavado Tejón, nacido en 1932, en Mendoza, Argentina–, autor de Mafalda y otros personajes. Hace poco, Mafalda, la niña más admirada y querida de varias generaciones, cumplió 50 años, gracias al ingenio de su creador. Desde su primera publicación en 1954, ya en Buenos Aires, los dibujos de humor de Quino se publicaron en periódicos y revistas del mundo, y así cumplió su sueño. Su primer libro de humor Mundo Quino, consistió en una recopilación de humor gráfico mudo.

En estos libros el humor se respira como el aire, que es la misma libertad en dibujos y frases, que fluyen de manera natural y contagian a los lectores, no de microbios sino de sabiduría y muchas sonrisas.

Censuras y bulas

Censura es la corrección o reprobación de algo. No sé por qué pero esta palabreja me recuerda los tiempos de la poco “santa” Inquisición, cuando en nombre de Dios se prohibía la publicación de libros, ordenaba la quema de obras clasificadas como herejes y también a sus autores. Hay historias horripilantes, como la de la heroína francesa y santa de la Iglesia católica –Juana de Arco– que fue sentenciada y quemada viva el 30 de mayo de 1431.

En el ámbito ecuatoriano recuerdo una célebre censura –la del tomo IV de la famosa Historia del Ecuador, del monseñor Federico González Suárez–, que fue impedido de circular porque el autor había descrito evidencias poco decentes de ciertos frailes en Quito colonial. Pero el arzobispo respondió con severidad: “La historia como ciencia se debe a la verdad y no a las bulas pontificias”.

Ironía y sal quiteña

Los reproches a los libelos y acosos han estado presentes en todos los períodos de la historia republicana. Los periódicos y periodistas –desde Primicias de la Cultura de Quito, de Eugenio Espejo–hasta nuestros días han sido objetos y sujetos –con razón o sin ella– de censuras, asechanzas y destierros.

Los escritos de Montalvo contra García Moreno y el general Ignacio de Veintimilla fueron proverbiales en el siglo XIX. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, la famosa frase de Montalvo: “Mi pluma le mató”?

En el siglo XX, las clausuras de emisoras y diarios –entre ellos El Comercio– en tiempos de Velasco Ibarra –tercer velasquismo– dejaron también malos resabios. Es que la ironía y la sal quiteña no “cuadraban” ni “cuadran” con el poder, aunque, se cuenta, que el propio doctor Velasco, en alarde de tolerancia, una noche solicitó a un grupo de periodistas que contara “cachos” en la residencia presidencial, de preferencia aquellos que estaban dedicados a él… ¡Y qué bien los disfrutó!

Otro presidente, el general Guillermo Rodríguez Lara, conocido como “Bombita”, generó una serie de anécdotas humorísticas que, en su tiempo, hicieron historia. En todo caso, hubo presidentes afines al humor, y otros no –como el doctor Osvaldo Hurtado– porque su “perfil” no era buen material para los humoristas.

El siglo XXI, el humor digital

En el siglo XXI, los primeros 20 años han sido complejos y no exentos de problemas y memes, y dieron paso al denominado humorismo digital que combina la creatividad con las nuevas tecnologías de información y comunicación.

Los cuentos nacidos de los jubilados de la Plaza Grande pasaron a la historia. Las imágenes “trucadas”, los textos inventados y, en ocasiones, las noticias falsas son ahora la norma y no la excepción. Las redes sociales enredan la cotidianidad, y no hay ley o reglamento que las paren. Es el mundo digital que nos conecta al dolor y a la alegría; es la “golosina visual” que nos argumenta y nos sostiene, en espera que un virus nos contagie.

Sabemos que la libertad para reírse jamás será conculcada, y aun cuando este derecho no consta oficialmente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el humor seguirá siendo parte esencial de esta espiritualidad laica, que nos alienta a vivir con cuasi libertad, en época de confinamiento. (O)

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