Defender a los animales va más allá de dejar de comer carne

- 27 de enero de 2019 - 00:00
La alimentación vegetariana y vegana es muy variada. Los platillos tienen varios colores y sabores. Por lo general los restaurantes que ofrecen estos preparados buscan que los insumos tengan origen orgánico y provengan de productores locales.
Foto: Miguel Jiménez / El Telégrafo

Algunos son más radicales que otros, pero todos buscan terminar con la explotación animal en cualquier ámbito. Vegetarianos, veganos, crudiveganos o frutistas, las personas que decidieron alimentarse sin ningún tipo de residuo animal buscan crear conciencia en la gente para que dejen de ver a la naturaleza como algo inferior.

Se alimenta solo de frutas y no de todas, solo de aquellas que son ecuatorianas, de temporada y sin químicos.
Se despierta cuando su cuerpo lo decide, que suele ser alrededor de las 06:00. Por una hora toma rayos de sol para obtener su calor y recibir vitamina D.

No tiene horarios de comida, lo hace cuando siente que su cuerpo le pide. Eso sí, ingiere frutas solo antes de las 19:30, pues después de esa hora considera que su organismo se desintoxica, entra en un proceso de reparación y descansa.

Cristina Camacho tiene 29 años y hace dos se volvió frugívora; es decir que come solo frutas.

Pero su estilo de vida no se trata solo de la alimentación; va a la par de su forma de ver y vivir el mundo.

Se considera antiespecista. El especismo mira a las otras especies como inferiores. Es una forma de fascismo -dice- proyectado y programado hacia los animales no humanos y a la naturaleza.

“No es un estilo de vida. Es una lucha diaria que tiene que ser practicada en su mayor extensión. No es una opción, porque no es algo que pueda dejar de hacer; se trata de ser libres”

Dejó de comer carne en varias ocasiones desde los 11 años. Fue a los 22, al conocer de la experimentación animal, que decidió hacerse vegana. Dejó de ingerir cualquier alimento que tenga residuo animal y empezó a luchar por la defensa de los derechos de esto.

A los 26 años se hizo crudivegana; es decir que cocinaba sus alimentos a una temperatura máxima de 45º a vapor o los ponía al sol. A la par su lucha se amplió contra todo tipo de opresión y se proyectó en volver a la tierra.

Sus manos son frías y su piel bronceada. No se lava la boca, pues dice que al dejar de comer animales ya no produce el sarro que daña los dientes. Además, la grasa que ingiere es casi nula.

Camacho invita a ir más allá, a no limitarse a estar en contra de la explotación animal sino de cualquier tipo de opresión. Aconseja a que la gente se interese por saber de dónde viene cada alimento que ingiere y cada cosa que usa; saber qué hay detrás de cada producto y qué contiene. Lucha en contra de cualquier tipo de explotación, esclavitud y acto fascista contra otra vida.

Para Camacho, todo tiene que estar en armonía y coherencia. Es así que, por ejemplo, no come soya porque es transgénica, ni miel de abeja por el abuso a estos insectos, ni panela por la explotación infantil que existe en los cañaverales.

Tampoco ingiere ningún alimento importado; no cocina porque existe explotación petrolera para obtener el gas licuado; no usa ningún tipo de piel, no usa plásticos, está en contra de las energías limpias pues los paneles solares no son naturales y no le gusta la servidumbre, así que no come en restaurantes.

Siembra parte de los frutos que consume o los compra en el mercado argoecológico de Cotama, en Imbabura.

“Cuando empezamos a comer alimentos más adecuados empezamos a manifestar salud en toda la extensión de la palabra”, dice Camacho.

Su objetivo es volver a una alimentación más primitiva, más pura y natural. Considera innecesario y antinatural cocinar los alimentos.

Camacho no ha tenido problemas de salud desde que cambió su alimentación. Asegura que más bien mejoró.

Pero no se trata de una guía nutricional, mucho menos de una dieta o una moda. Al igual que Camacho, mucha gente cambia el modo de alimentarse movidos por su lucha en favor de los derechos de todos los seres vivos. Algunos se limitan a defender a los animales, otros van más allá y defienden a la naturaleza y a los seres humanos.

Josué Sáenz, miembro del grupo Flora, tiene 36 años y desde hace 12 dejó de comer cualquier residuo animal. No se considera vegano, solo una persona que se alimenta de plantas.

Tomó la decisión cuando supo los problemas de salud que causan los cárnicos. Desde que los dejó, asegura que se siente más activo, más liviano y con pensamientos más claros. Pero sobre todo buscaba dejar de participar de la explotación animal.

De un día para otro cambió su alimentación. Nunca se sintió decaído. Aprendió a cocinar y a equilibrar los productos, que además busca que sean orgánicos y locales.

Sáenz cree que se deben realizar las acciones personales que están al alcance de cada uno para ser autosuficiente y no ser parte de cualquier tipo de explotación que pueda existir.

Él, por ejemplo, siembra las plantas que va a ingerir, se transporta en bicicleta, hace su ropa y sus muebles, trabaja para tener su propio sistema de agua y su propia energía eléctrica.

Todos estos principios los ponen en práctica con su grupo, que entre varias actividades, tienen un restaurante de comida vegana. El 90% de los deshechos del lugar son biodegradables y adquieren los productos a fincas de permacultura y agroecología.

“Al comer carne te alimentas de muerte, comes esa energía. Con los vegetales te alimentas de vida, de una energía de regeneración”, dice Sáenz. Y recuerda que no se trata de reemplazar sabores, sino olvidarse de los que contienen animales.

Las personas que al igual que Camacho y Sáenz han cambiado su alimentación saben que no solo se trata de lo que ingieren. Su lema es “respeto por la vida”. Rasa Bihari, miembro de la organización Pacto Mundial Consciente, Ser + Animal y la Revolución de la Cuchara, comenta que como vegano tampoco acepta ningún tipo de explotación a un animal.

“Producir 16 kilos de soya para producir un kilo de carne y destinar 16.000 litros de agua para producir un kilo de carne, es demencial”, dice en referencia a que la crianza de ganado contamina.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el ganado es responsable del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el mundo, supera a la contaminación que provoca el transporte, que es del 13%.

Bihari reflexiona que millones de niños mueren por hambre y que a cambio de alimentar una vaca, se podría alimentar a 30 personas.

“El veganismo no es solo alimentación, es una postura ética en que se busca no ser partícipe del uso de los animales, de la explotación animal en todas las esferas”, añade Emmeline Manzur, representante de Red Vegana de Guayaquil.
Todos coinciden en que los menús en cada estilo de alimentación son variados.

Sarasvati Rodríguez, propietaria del restaurante vegetariano y vegano La Killa, asegura que su comida se enfoca en la nutrición consciente, en la que se busca el equilibrio desde lo que se está comiendo hasta la búsqueda de la sostenibilidad socioambiental.  Usa ingredientes orgánicos de productores locales. (I)

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